«Voy a tratar ahora de la existencia de lo que llamamos simulacros de las cosas;
los cuales, como películas desprendidas de la corteza exterior de los cuerpos,
vuelan por los aires de acá para allá; ellos son los que nos aterrorizan
apareciendo en nuestras mentes, en la vigilia o también en sueños».
(Lucrecio, ca. 55 a. C.)

Primera persona del plural

«Cada uno hace su oficio, unos aran,
otros vendimian, y yo hago el oficio de blasfemar».
"El queso y los gusanos" (Carlo Ginzburg)

La comuna del texto, la hermenéutica del pueblo. Una democracia para lo bueno y para lo malo, sin pelusas ni jerarquías. Sin embargo, el nosotros resultó ser una utopía y, por lo tanto, un fracaso. El nosotros solo era el disfraz del yo cobarde e inseguro. El yo cuya obsesión era esconder lo mucho que no sabía. El yo con miedo al rechazo. El deseo de estar solo y el miedo a conseguirlo. El yo que ante la pesadilla de una multitud grotesca que le señala con el dedo, se une a ella. Todas las décadas han tenido su nosotros. Tras mayo del 68 el yo se convirtió en otro insulto cualquiera. Daney, el peregrino, se agobiaba entre tanta gente.
— Durante ese periodo de los setenta, el nosotros predomina en tu discurso y en tus escritos, un nosotros ligeramente sacrificial. Digamos que no era tu estilo…  
— Era un horror, un superyó, una gratificación nula, todo eso junto.
Ahora giro la cabeza a un lugar más cercano, miro hacia la cama y veo un peluche. Es otro peregrino, un halcón. Le pregunto si, en pleno 2016, él es también nosotros. Arisco como su dueño, masculla de pico para adentro. Sé que tengo que acariciarle el obispillo para que hable. Algo cansado emite su reclamo y me confirma que él no es nosotros, y que ni siquiera es un halcón, sino el halcón de Roberto. Algo parecido a este diálogo con mi halcón de peluche parlanchín, me sucedió con un cineasta. Intercambiábamos correos electrónicos donde sus palabras y sus imágenes discutían mi texto. Nunca al revés. En plena conversación, le embestí con un plano. Poseído por el espíritu de Diógenes, pensaba que este plano era la imagen alumbrada.


Continué con una sentencia no por habitual menos pomposa: su cine era esta imagen. Y no solo eso, también que su cine estaba en ese libro. Nada más y nada menos que El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg. Libro maravilloso, lectura de iniciática de tantos universitarios. La historia de aquel molinero del siglo XVI, herético y cabezota que construye su propia visión del mundo partiendo de lo único que conoce. La blasfema primera del singular haciendo frente al nosotros inquisitorial. ¿Qué es el cine y qué es el mundo?, ¿una industria mastodóntica llena de grandes relatos y de dioses, o la historia fragmentaria y minúscula de unos trabajadores descastados? ¿Libaciones de ambrosía o de vino y miel? El queso, además, enlazaba la cosmogonía de Menocchio con la ataraxia epicúrea. Sobre el sucio terrazo de una casucha del Rosellón, los jornaleros de la vendimia utilizaban el libro para cortar una raya de cocaína. Una raya blanca que el grano fotoquímico del subestándar, convenientemente molido, convertía en gusano. Libro, droga y anélido eran la nueva trinidad pagana, la desacralización rampante de la imagen. En la uña encarnada del temporero brillaba la misma roña inmaculada de los santos y las vírgenes de Caravaggio. El tropo había dejado el juicio listo para sentencia. Si el cineasta me confirmaba que aquello estaba puesto en escena, escribiría un lúcido artículo sobre esta pequeña historia de la filosofía cinematográfica.

A mi pregunta sobre la epifanía del símbolo, su respuesta fue concluyente: era la primera vez que reparaba en ese libro. Por curiosidad y tras preguntar a su compañera, supo que aquel libro –solo el libro, no la raya– era de ella y que el atrezo de la escena fue pura casualidad. Me río y le confieso lo que el resto del mundo sabe: que los hermeneutas somos unos charlatanes que vendemos símbolos en lugar de crecepelo. Me consuela diciendo que la película solo es el punto de partida, un impulso para la literatura. Le respondo que el problema es cuando todo se convierte en literatura. Una literatura donde, bajo el paraguas del nosotros, emitir juicios sumarios. Donde el error deja de ponerme en evidencia, donde la mentira a sabiendas y la ignorancia quedan impunes y hasta se recompensan. Una literatura del nosotros que exime de la responsabilidad individual para, como Diógenes, buscar el sentido de la imagen.

BIBLIOGRAFÍA
  • DANEY, Serge, Perseverancia, Santander: Shangrila Textos Apartes, Santander, 2016.
  • GINZBURG, Carlo, El queso y los gusanos, Barcelona: Muchnik Editores, 1997.

IMAGEN
La dernière année (Peter Hoffmann, 2011)

Anís de tus muslos blancos

«No hay altruismo en el deseo»
(John Berger)

¿Cómo hablar de la representación de los muslos femeninos? ¿Cómo hacerlo sin levantar sospechas entre la policía de género? ¿Cómo explicar la transustanciación de la carne? ¿Qué método utilizar cuando la imagen supera el saber fisiológico? ¿Cuál es el modo adecuado para iniciar un relato donde no se concibe el hueso? Donde el fémur claudica frente a la carne laminada de la imagen. Donde lo visual queda condicionado por lo háptico. Quizá lo más prudente sea acudir al paradigma biocultural. El arquetipo paleolítico nos ofrece forma y función. La primera casi definitiva, la segunda todavía enigmática. Me atrevería a decir que solo en los últimos cincuenta años –y  solo en ciertas representaciones– hemos asistido a la revocación del culto a la fertilidad. Al triunfo del osario, a muslos desmaterializados que celebran la estética del exterminio. Aquel curso alto del río, aquel lecho donde el amnios vertía sus aguas, convertido en tierra cuarteada.

Hubo un día en el que el muslo dejó de ser barro, asta o piedra sin desbastar para convertirse en mármol. El mármol fue la única reencarnación posible del ser. Carne abstracta de la modernidad cicládica, carne púdica praxiteliana, carne dibujada bajo las túnicas de Fidias, carne arrebatada por el tiempo a la Ménade de Escopas, carne atlética de Artemisa, carne helicoidal –diría que cinética– de la Afrodita de Rodas, carne pentélica de cariátide. Sin aquel mármol primitivo jamás habrían existido los muslos de Proserpina, la contorsión de la danaide, las órbitas de Brancusi o la lordosis de Paulina Bonaparte. En ese querer ser del mármol, en esa congelación mórbida del movimiento, está implícito otro paradigma: el psicoanalítico. Muslos masculinos que al apretarse despojan del sexo. Muslos capaces que asombran y mutilan al niño durante su exploración lúdica de la sexualidad. Muslos femeninos contradictorios, hipersensibles y al tiempo paralizados por la histeria. La intimidad de la cara interna del muslo, siempre asociada al placer inminente, convertida en fuente de angustia, en madriguera del trauma. Los muslos como nostalgia. Pilastras que señalizan el nostos uterino. Muslos que admiten y conviven con la vieja prostética, pero que se resisten a participar de las utopías sexuales. Muslos donde además del trauma anida el cáncer: el sabio –amputado– muslo de Vivian Sobchack clamando contra la mendacidad posmoderna.

Si atendiendo a la lógica moderna –y por lo tanto neurótica– de la fragmentación, el deseo ligado al muslo –y a sus atuendos– es considerado fetichismo, ¿qué decir del deseo ligado a su imagen? Esto parece trivial, pero es complejo. El muslo y su imagen, a pesar de su clara demarcación anatómica, trascienden el fetiche. En su recorrido, el muslo no solo invita a la mirada, también al lenguaje. En estático o en movimiento, su formato panorámico instaura una narración. El muslo y su imagen son el érase una vez del deseo. El motivo a partir del cual dejamos de ceñirnos al objeto de deseo para ampliarlo al deseo en sí. Es decir, cuando el fetiche queda trascendido como medio, se adquiere la conciencia del deseo. Insaciable, que no se agota en la fragmento, que quiere el todo y que quiere más. En este sentido, el muslo –por toda su carga biológica y estética ancestral– es un generador único de dicha conciencia. Tomemos la imagen del muslo, entonces, como celebración, como emblema dionisiaco y como refutación de las censuras monoteístas.

Con esto presente, ¿Buñuel sería un cineasta del objeto o del deseo? No son términos excluyentes, pero si ha de prevalecer uno me inclino por el segundo. ¿Sería Hitchcock –otro verdugo del muslo– el del objeto? Quién sabe. Que Buñuel sea un cineasta del deseo puede argumentarse gracias a lo opuesto: a su insistencia en castrarlo. También reparando en otra una de sus obsesiones: la necrofilia. Del cuerpo muerto y certificado brota un deseo, un abismo de pasión que no sabe de candados. Un deseo de doble dirección, sin género: raso blanco de novicia, mármol puro de Tavera. Tristana acerca su rostro al del Cardenal envidiando su carne; algún día mi rostro será tan lívido como el suyo. El muslo ausente de Tristana, como el de Sobchack, pondrá en valor el resto de muslos encuadrados –amputados– por el director. ¿Planos de viejo verde o topografías del deseo? Cada uno exigiría una respuesta específica. No es lo mismo el muslo de Susana que el de Ewie. Filmar un muslo puede ser amparo de la inocente o respaldo del diablo. Nunca será, eso seguro, una imagen imparcial. De ahí que prefiera considerar los muslos buñuelianos como una herramienta de conocimiento. Pondré un ejemplo detrás de la cámara. Un tarde en Cadaqués, otros muslos femeninos le confesaron lo que había sospechado desde el principio, que Gala era una pedorra:
«Por el camino, hablábamos de cosas sin importancia y yo dije —Gala iba a mi lado— que lo que más me repugna de una mujer es que tenga los muslos separados. Al día siguiente, vamos a bañarnos y observo que los muslos de Gala son como los que yo había dicho detestar. De la noche a la mañana, Dalí ya no era el mismo. Toda concordancia de ideas desapareció entre nosotros».
Cuando preguntaba qué método me permitiría hablar del muslo no con corrección política, sino científica, omití el principal. El que es todos y ninguno al mismo tiempo: la poesía. Cierto que ni siquiera ella escapa al juicio moral, pero al menos puede refugiarse en su ambigüedad natural. Los muslos, antes de filmarlos, Buñuel los escribía. El Buñuel poeta, crítico y boxeador se arrepentía entre rimas. En “El arco iris y la cataplasma”, pieza de su poemario Un perro andaluz (1927), encontrábamos el siguiente verso: «¿Me constiparé en los muslos de mi amante?». Hoy siguen siendo maravillosas la castidad –¡el pánico!– de la interrogación y la libertad semántica –fantasmal– del verbo. Más si acudimos a la coda de otro de sus poemas de juventud titulado “Me gustaría para mí”:
«¿En qué puede pensar una doncella
cuando el viento le descubre los muslos?»
Buñuel pudo escribir estos dos últimos versos moralmente constipado. Una versión anterior del poema revelaba su salud primigenia:
«¿Es inocente una doncella
cuando el viento le descubre los muslos?»
En este elocuente pentimento –¡en esta castración!– se puede leer gran parte de su cine. Max Aub notó la diferencia:
«La primera redacción es la que descubre el pensamiento de Buñuel a través de tantas imágenes repetidas de muslos de "doncellas” (…) de sus películas. A quien acusa no es a quien ve, sino a la doncella, al demonio».
Quiero concluir regresando al comienzo, al título de la entrada. «Anís de tus muslos blancos» es uno de los versos de la “Serenata” lorquiana. El pobre Lorca que durante uno de sus enfados con el bruto aragonés se dio por aludido –igual que Juan Ramón con el Platero putrefacto– como el perro andaluz. Ese verso es, de hecho, la excusa para escribir estas líneas. No vi en la letra del poeta aquella blanca inquietud del muslo consagrado en leche. Más bien aprecié la sinestesia propia de la imagen como licor: su secreción, su engañosa transparencia, su calentura, su gusto beato, su timbre de campana. A mi lengua vino el sudor de un muslo macerado en el reflejo lunar.

En conclusión, los muslos pueden hablarnos sobre el cine de Buñuel tanto como los insectos, las armas y los sueños.

01. Un perro andaluz (Un chien andalou, 1929)

02. La edad de oro (L’âge d’or, 1930)

03. Gran Casino (1947)

04. Los olvidados (1950)

05. Susana (1951)

06. Subida al cielo (1952)

07. El bruto (1953)

08. La ilusión viaja en tranvía (1954)

09. Ensayo de un crimen (1955)

10. La fiebre sube a El Pao (La fièvre monte à El Pao, 1959)

11. La joven (The young one, 1960)

12. Viridiana (1961)

13. El ángel exterminador (1962)

14. Diario de una camarera (Le journal d'une femme de chambre, 1964)

15. Simón del desierto (1965)

16. Bella de día (Belle de jour, 1967)

17. La Vía Láctea (La voie lactée, 1969)

18. Tristana (1970)

19. El discreto encanto de la burguesía (Le charme discret de la bourgeoisie, 1972)

20. El fantasma de la libertad (Le fantôme de la liberté, 1974)

21. Ese oscuro objeto del deseo (Cet obscur objet du désir, 1977)


BIBLIOGRAFÍA
  • AUB, Max, Conversaciones con Buñuel, Madrid: Aguilar, 1985.
  • BUÑUEL, Luis, Mi último suspiro, Barcelona: Ediciones de bolsillo, 2001, p. 109.
  • BUÑUEL, Luis, Obra literaria, Zaragoza: Ediciones Heraldo de Aragón, Introducción y notas de Agustín Sánchez Vidal, 1982.
  • DIDI-HUBERMAN, Georges, Blancas inquietudes, Santander: Shangrila Textos Aparte, 2015.
  • FREUD, Sigmund, “La «fausse reconnaissance» en el curso del trabajo psicoanalítico” en Sigmund Freud. Obras completas, XIII, Buenos Aires: Amorrortu, 1991, p. 203.
  • FREUD, Sigmund, Estudios sobre la histeria, Barcelona: RBA, 2002, p. 75 y ss.
  • GARCÍA LORCA, Federico, Antología poética, Madrid: Orbis Fabbri, 1997, p. 35.
  • GONZÁLEZ REQUENA, Jesús, Escenas fantasmáticas. Un diálogo secreto entre Alfred Hitchcock y Luis Buñuel, Granada: Centro José Guerrero, 2011.
  • NIETZSCHE, Friedrich, Más allá del bien y del mal, Madrid: EDAF, 2000, p. 118.
  • SOBCHAK, Vivian, Carnal thoughts. Embodiment and moving image culture, Los Angeles: University of California Press, 2004.

Olores de una noche de verano

«En este mundo,
encima del infierno
viendo las flores».
(Kobayashi Issa, 1762-1829)

Carezco del talento necesario para escribir sobre un aroma sin resultar cursi. Lo sé porque hasta los más dotados han fracasado en sus intentos de escritura perfumada. Mi única ventaja es que soy consciente de ello. Por lo tanto, no tengo más remedio que acudir a terceros para expresarme. El análisis es el lugar donde nos refugiamos los cobardes, donde manteamos al pelele y prendemos fuego al hombre de paja. El análisis es, también, el consuelo de los torpes. De ahí que lo más prudente sea asumir esa torpeza a la manera de Raphaelson, esto es, como «el pasaporte de un hombre honesto». No obstante, ni la cursilería, ni la cobardía, ni la torpeza me impiden realizar la siguiente pregunta: ¿sabrías identificar el olor a madreselva? Si has contestado que no, deberías reconsiderar algunas de tus prioridades.

Las noches de verano son agradables en Caulfield.
Huelen a heliotropo y a jazmín. A madreselva y a trébol.
La brisa que agita las cortinas es suave y agradable.
Reina el silencio. La quietud de la paz y de la seguridad.
Oh, sí. Las noches de verano son agradables en Caulfield.
Pero no para nosotros. No para nosotros…

Mentira latente, No man of her own, Mitchell Leisen, 1950

Así comienza Mentira latente (No man of her own, Mitchell Leisen, 1950), con la voz en off de Barbara Stanwyck acompasando un apacible travelling lateral. He realizado una traducción literal porque el doblaje padece un principio de anosmia. Para él solo hay una «fragancia de jazmín, madreselva y menta». Este arranque es el de una película y el de toda una década de electrodomésticos y césped recién cortado. En plena posguerra feliz, florecieron las urbanizaciones. Vestíbulo de la neurosis atómica, la vida suburbana de los cincuenta se recoge en el jardín. De cuantas conozco, Mentira latente es la última gran película de Leisen. Pero dicho así suena condescendiente. Mentira latente no es solo un brillo terminal, sino otro igual de limpio que los de sus años junto a Sturges, Brackett y Wilder. Más allá de la figura de Stanwyck, existe un pulso común entre su clausura de los treinta y la de los cuarenta, entre Recuerdo de una noche (Remember the night, 1940) y Mentira latente. Entre ambas, Leisen ha tenido tiempo de rastrillar la maleza del sendero que conducía a Manderley.

Cuando tengo ocasión, siempre explico las deformaciones de Asger Jorn con la serenidad de Cecilia Giménez y las mañanas de Lumberton con las noches de Caulfield. Lo hago a través del concepto biológico de latencia. Lo difuso de sus límites a la hora de enunciar, lo tenue de sus formas a la hora de mostrar. Si antes enmendé el doblaje, ahora debo aplaudir la libérrima traducción del título. El relato está enfermo, pero aún no lo sabe. La palabra quiere expresarlo, pero nadie la escucha. En ausencia de pápulas, la imagen tersa disimula. El diagnóstico debe discriminar los primeros síntomas mientras incorpora el contexto histórico, la letra, el tono de voz, el ángulo de la cámara y la iconografía. La voz en off se transforma en canción, los olores en imágenes, la cadencia del travelling en ralentí y las adversativas en comparativos de superioridad. Lo que era cuento se convierte en videoclip. No se trata solo de Leisen y Lynch, también de Woolrich y Vinton. Lynch plagia a Leisen pero no pasa nada, está legitimado por la posmo.

Leisen y Lynch hacen aflorar la latencia desde el mismo prólogo. La muy cinematográfica figura del regador aparece discreta en el horizonte de Caulfield. En Lamberton, su manguera se retuerce en plano detalle con la tensión propia del accidente vascular. La cámara desciende entre la grama, lecho de hormigas, albergue de orejas putrefactas. La inmediatez de Lynch es la del cielo azul y la pintura blanca, la de las rosas y la de los tulipanes. El color sobre el olor, la imagen y el tacto sobre el perfume. La paciencia –el rastreo– de Leisen responde a la interrogación del olfato. En cualquier caso, ambos quieren explicar que lo bello, en no pocas ocasiones, nace de lo macabro. Podría decir que lo bello esconde lo macabro, pero sería incorrecto. Para revelar el lenguaje de las flores –el audiovisual y el olfativo– es necesario comprender que lo bello arraiga en lo siniestro. Esto ya lo planteó con intensidad Georges Bataille, Didi–Huberman lo ha desarrollado a lo largo de su obra y yo, con matices, lo reconsideré en un texto inédito.

Blue velvet, Terciopelo azul, David Lynch, 1986

Bataille se revolvía contra el ideal humano de la flor. La imagen y el aroma de la flor eran aspectos normativos de la belleza. Amor y empalago, afrodisíacos culturales y sintéticos que olvidaban la sustancia, la materia primigenia: el humus, las inmundicias y el trauma. En su insolencia cromática y fragante la flor no hace más que manifestar su propia –que es la nuestra– decadencia, el símbolo reprimido y la basura doliente. Pétalos de vanidad, aroma incensado en las letrinas de Sade. En palabras del profeta Isaías (40. 6.), sicut flos: «que toda carne es heno, y toda su gloria como la flor del prado».

La madreselva, en tanto planta y flor de reciclaje, no hace más que convertir el hedor en perfume. La madreselva huele dulce, pero Auschwitz o Belzec, según el día, también adquirían el olor dulce y cargante de la grasa torrefacta. En la primavera de 1944, Walter Neff todavía no podía percibir la aurora roja y almizclada sobre los abedules. Su olfato se conformaba con una sorpresa menor: el asesinato olía a madreselva. Neff hablaba por boca de Chandler y de aquel guionista cansado de que un figurinista –no estoy nada seguro de que fuera esta la palabra que Wilder utilizó para menospreciar a Leisen– estropeara su trabajo. El olor a madreselva junto a la vieja mansión de los Dietrichson era la estructura del cadalso. La soga, una esclava en el tobillo de, faltaría más, Barbara Stanwyck. La noche en la que todo ocurrió, el olor se hizo insoportable. Cuando sol deja de incordiar, la madreselva, como los maleantes, inicia la purga. En un verso de Keats encontrábamos a «las sombras de la noche besando a madreselvas». Qué duda cabe de que la naturaleza de ese beso era la misma que la de Phyllis Dietrichson. Beso taimado y alevoso que se dibujaba en el mismo título del poema inacabado: “Welcome joy, and welcome sorrow”.

En el original Keats utilizaba woodbine en lugar del más común honeysuckle. Desconozco las razones del uso, quizá sea más propio del inglés británico que del americano o quizá solo sea una cuestión de estilo o de siglo. En todo caso, ilustra con justicia la complejidad de una planta dual y sinestésica como pocas. Recia y maleable, frondosa y enjuta, de las que florecen con indolencia para luego practicar el estajanovismo. De las que lloran de pena y alegría por los sarmientos. Flor a la que cantaba Buson y que, dos siglos más tarde, tapizaba nuestros descampados. El maestro japonés insistía en su belleza melancólica: caen los pétalos de la madreselva y, en el silencio, escuchamos la voz de los mosquitos. Miguel Hernández, casi por las mismas fechas que Bataille, olfateaba el viento del pueblo mientras hurgaba en la belleza aterradora: «estiércol padre de la madreselva». ¿Quién era el estiércol padre?, el cadáver ausente pero nutricio de Lorca.

BIBLIOGRAFÍA
  • BATAILLE, Georges, “El lenguaje de las flores” en La conjuración sagrada. Ensayos 1929–1939, Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2003, pp. 21–28.
  • DIDI–HUBERMAN, Georges, Cortezas, Santander: Shangrila Textos Aparte, 2014.
  • DWORK, Debórah; VAN PELT, Robert Jan, Holocausto. Una historia, Madrid: Algaba, 2004.
  • HERNÁNDEZ, Miguel, Viento del pueblo, Madrid: Cátedra, 2006.
  • ISAÍAS, “La profecía de Isaías” en Sagrada Biblia, Zaragoza: UNALI, p. 667.
  • KARASEK, Helmut, Nadie es perfecto, Barcelona: Mondadori, 2001.
  • KEATS, John, Poesía. Antología bilingüe, Madrid: Alianza, 2016.
  • RAPHAELSON, Samson, Amistad, el último toque Lubitsch, Barcelona: Intermedio, 2012, p. 23.
  • WEISS, Jack, Memories, dreams, nightmares. Memories of a holocaust survivor, Calgary: University of Calgary Press, 2005.
  • YOSA, Buson, En un sueño pintado, Gijón: Satori, 2016.

IMÁGENES
  • Mentira latente (No man of her own, Mitchell Leisen, 1950)
  • Terciopelo azul (Blue velvet, David Lynch, 1986)
  • Perdición (Double indemnity, Billy Wilder, 1944)

Acto fallido


«A veces hay accidentes que son descubrimientos de mí mismo (…) 
visiones (…) que llegan a la banda de celuloide sin que me dé cuenta».
“En una barca” (Nicholas Ray)

«Quién es ese visitante nocturno de rostro desconocido,
qué viene a buscar, qué espía. 
(…) es un reflejo de nosotros mismos en el hielo.
Quién vuelve de un abismo de transparencia
e intenta volver a entrar...».
“Despertares” (Robert Desnos)

La proyección había terminado y el director tenía la espalda contra la pared. No, no es una de esas historias sobre estrenos y pases privados angustiosos. La proyección se había realizado en una universidad donde todo transcurrió con el entusiasmo postizo de estos eventos. Aquella tarde era, como diría Pasolini, rabiosamente antigua: el cine y la universidad custodiados por el sol de Castilla. En ese ambiente tan pastoso el único gesto natural era abandonarse sobre el hormigón. Aun así, aun en ese cuadro digno de un mascapalillos de Leone, me sorprendió que el director estuviera solo, sin nadie alrededor. Me acerqué con paso derretido y le hice una pregunta. En ese momento me di cuenta de que algo iba mal. Al director, afable y risueño durante el coloquio precedente, le mudó la cara. Como si agosto, de repente, fuera febrero. Abrió los ojos y miró a los lados. Estoy convencido de que lo hizo en busca de auxilio.

I. Acto fallido 1 y 2.
Solo tiempo después –no sabría medirlo en meses o años– pude interpretar su reacción. La clave me la proporcionó una compañera de facultad a la que, por aquel entonces, quería convertir en el propósito de mis fantas. Una noche, aquella chica apareció por el local donde yo hacía con que trabajaba. En ese encuentro tan nocturno como casual y tras una conversación intrascendente, me dijo que por qué en clase la miraba tan mal. Recuerdo cada palabra y cada pausa. Cuando terminó de ajusticiarme, justo en ese instante en el que adviertes que tus pies cuelgan del cuerpo, fui capaz de procesar mi experiencia con el director de cine. Esto es, había mirado atravesado cuando mi deseo fue hacerlo con rectitud. A mis precarias habilidades sociales le había sumado un acto fallido en toda regla. Sonreí, traté de explicárselo sin recurrir a Freud y la invité a un Martini con limón. Ella era terriblemente pija.

Pero volvamos al director. Dejando a un lado lo avieso de la mirada, ¿qué le pregunté? Disculpad, pero aquí debo introducir otra mínima digresión fruto de un nuevo acto fallido. Mi intención era preguntarle por un asunto relacionado con la iluminación y con la iconografía masónica que aparecía en su película. En cualquier caso, iba a ser una pregunta que me presentara como alguien instruido. La típica pedantería de quien espera confirmación en lugar de respuesta. Sin embargo, me descubrí preguntándole por un primer plano de un escarabajo. En una continuación fonética de la mirada, lo hice con tono áspero. Ahí estaba yo, abroncando a un director de cine al que se le había ocurrido filmar un escarabajo. Aturdido pero educado, acertó a contestarme una banalidad. Le menté a Buñuel y me despedí intentando remendar lo que estaba hecho jirones.

He ido reprimiendo aquella mirada a duras penas. Creo que no lo he conseguido por dos razones irreductibles: es innata y, aunque no lo fuera, quiero conservarla. Al fin y al cabo es un buen mecanismo de defensa. La mirada fallida forma parte de esa capacidad sin igual que tenemos los tímidos para aparecer ante los demás como arrogantes o directamente como gilipollas.

II. Acto fallido 3.
Solo tuve conciencia de haber entrado en la era digital cuando consumé en Internet un acto fallido similar. En Internet no se mira, pero persiste la misma dificultad con los pliegues del lenguaje. Llevaba años participando en foros, abriendo y cerrando blogs y perfiles sociales. Todo era pura cosmética, intuía que el 2.0 real debía ser más profundo. Mi tesis siempre ha sido que lo digital sigue siendo material y fisiológico. Y que todos los problemas que genera derivan de querer arrebatarle esa naturaleza. Aprovechando la sincera cercanía de otro cineasta, quise realizarle una pregunta. No he mencionado el sufrimiento y la duda que me generan estas situaciones porque creo que se sobreentiende. Con una de sus películas en el recuerdo, mi renovada intención era saber por qué la había terminado con un plano y no con otro. Su elección me parecía correcta y académica, de buen estudiante de guión. Pero yo, faltaría más, tenía una mejor. En lugar de haber enfocado aquel reloj que en su tránsito titulaba la cinta, debería haber cortado antes, en el medio del mar y con el sonido de las horas rimando con el de las olas.


En el momento de escribir y de enviar, el acto fallido emergió. En el texto no había rastro de relojes y de olas, solo había ¡un futbolín! El futbolín era el escarabajo en su forma transmutada, su flamante versión 2.0. A diferencia del primer caso, este acto fallido tuvo una respuesta satisfactoria y aquella noche dormí como deben hacerlo los nativos digitales. ¿Por qué un escarabajo y por qué un futbolín? El significado de estos lapsus es algo que jamás descifraré. No obstante, creo que guardan relación con mi rechazo de la idolatría y de la ejemplaridad. La primera suele proponer modelos inalcanzables y, por ende, traumáticos; la segunda sirve como descargo de una responsabilidad que compete al individuo. Salvo en esa fase anal de la afición que es la cinefilia, nunca he sentido interés por los directores en sí mismos. Por lo que son fuera del estudio, por sus vidas y sus declaraciones. No suelo disfrutar leyendo entrevistas o autobiografías, y mucho menos biografías. Prefiero no formar parte de la eterna disputa entre la historia del cine hagiográfica y la revisionista.

III. Reflejos robados.
«Muéstrame el reflejo, el reflejo robado, 
y daré un salto mortal desde mil metros de altura».
“La aventura de la noche de San Silvestre” (E.T.A. Hoffmann)

Esa dimensión privada de los cineastas sí me interesa cuando se traslada a su obra mediante actos fallidos. Es decir, no me interesa el Hitchcock de los cameos, me interesan sus pájaros disecados. Los cineastas no hablan cuando proyectan su sombra –ese emblemático y orondo perfil– sino cuando dejan escapar su reflejo. Los cineastas hablan igual que tú y que yo cuando olvidamos cerrar la pornografía en el navegador. Hablan cuando en lugar de trabarse la lengua, se les traba la imagen. Cuando dejan de enunciar sobre una pantalla para hacerlo sobre un cristal. Eisenschitz le recordaba a Aumont que uno de los secretos preferidos de Jean Eustache era aquel plano de La golfa (La chienne, 1931) donde Jean Renoir se reflejaba, por accidente, en la ventanilla de un coche. Cuando vemos un filme de Eustache y apreciamos la manera que tenía de releer el cine, ese reflejo recuperado, ese doble secreto descodificado, cobra sentido.

Yo no soy Eustache, pero uno de mis mejores amigos tiene, a su vez, otro gran amigo que hizo un filme sobre Eustache. El valor y el interés de esto es cero y seguiría siéndolo en el caso de que el amigo de Eustache hubiera sido yo mismo. Solo lo menciono para introducir mi secreto particular. Otro reflejo robado a otro director francés. El del joven Alain Cavalier en un nuevo ejemplo de involuntaria enunciación enunciada. Que al espejo de James Mason y a la ventana de Michel Simon se le sume, pues, el pasajero fantasma de Jean-Louis Trintignant.




BIBLIOGRAFÍA
  • AUMONT, Jacques, Materia de imágenes. Redux, Santander: Shangrila Textos Aparte, 2015.
  • FREUD, Sigmund, “Psicopatología de la vida cotidiana” en Sigmund Freud. Obras completas vol. VI, Buenos Aires: Amorrortu, 1991.
  • HOFFMANN, Ernst T. A., Cuentos completos, Madrid: Cátedra, 2014.
  • PASOLINI, Pier Paolo, Poesía en forma de rosa, Madrid: Visor, 2002.
  • RAY, Susan (ed.), Por primera o última vez. Nicholas Ray haciendo cine, Oviedo: Fundación de Cultura Ayuntamiento de Oviedo, 1994.

IMÁGENES
  • Más poderoso que la vida (Bigger than life, Nicholas Ray, 1956)
  • Madregilda (Francisco Regueiro, 1993)
  • 27 horas (Montxo Armendáriz, 1986)
  • Combate en la isla (Le combat dans l'île, Alain Cavalier, 1962)
  • La golfa (La chienne, Jean Renoir, 1931)

FILMOGRAFÍA ADICIONAL
La peine perdue de Jean Eustache (Ángel Diez, 1997)


Desde las altas cimas

 A mi abuela Esperanza.

«A lo lejos los montes tienen nieve al sol». Así comienza una de las odas de Ricardo Reis y así podría comenzar Los montes (1981) de Chema Sarmiento. Podría, porque no lo hace. Falta la nieve, que cuaja tres planos más tarde. Ese primer plano de Sarmiento que no termina de ilustrar ese primer verso de Reis, conviene no olvidarlo. Es el primero de ciento siete y es el que nos enseña donde Castilla empieza a dejar de ser. Cualquier espectador que contemple esa imagen dirá que la playa de cereal se agota. Si el espectador es un castellano dirá, por el contrario, que la playa de cereal resiste. En Castilla y en León –léase como la Pangea que es– todo resiste. La marea sube desde el cielo, el horizonte se precipita y la playa, terca, resiste. El mar es una frivolidad, resistir con agua es menos resistir. Castilla no necesita mar y menos arena, le basta con el gualda del rastrojo y, bien quisiera, del limón. Los montes siempre quedan suficientemente lejos, azules y serenos como mandaba Leonardo. A la diestra de los montes muere Castilla, y a la izquierda León. Al menos eso contaron los que un día rompieron su promesa de visitarlos, siempre, mañana.


«Escondieron las galas a los prados,
y quedaron desnudas
estas laderas, y sus peñas solas.
Duermen ya, entre sus montes recostados,
los mares y las olas».
“Al sueño” (Francisco de Quevedo)

Los títulos de apertura reclaman tres planos más. Son ellos los que rompieron la promesa y los que roban nuestra ilusión. En el camino que va del mito a la realidad los montes dejan de ser azules, pero conservan el poder cianótico del símbolo. La muerte no necesita al color porque ha encontrado a la música. Gracias a la excelente acústica de las imágenes, recibimos el Stabat Mater de Poulenc. Música sacra cabalgando sobre las cumbres, todo apunta a lo sublime. Sospecha que se mantiene durante los dos planos siguientes, aquellos donde cuajaba la nieve y donde un pueblecito se hunde a sus pies. Sin embargo, lo sublime no es propio de esta tierra. ¿Por qué?, porque nunca resiste. Lo sublime, igual que Oscar Diggs, reina y cubre en ausencia de preguntas. Lo sublime, cuestionado por su condición arrebatadora, confiesa que solo era lo pintoresco. La acústica se descompone y adquiere el crujido de la estática. Una radio en un mandil haciendo escarnio de las cimas de la cultura.

La radio y el mandil son los de Carolina, que balancea el encuadre con escorzo de campesina soviética. Se extinguió lo sublime y se extinguen ahora la cinefilia y la hermenéutica. Carolina, de vejez robusta y compacta, teje y espera. No había datos suficientes para invocar a Dovzhenko y tampoco los hay para culpar a Penélope. Descubierta la orografía de los montes, es el momento de conocer su relieve interior: el del antojo juvenil de seis mujeres. En otras palabras, el de los neveros vitales a treinta y tres grados a la sombra.

I. Un muerto, un pueblo.
Paja y pizarra, madera y letargo. Sillares que ruedan por la hierba de mayo. Construir un pueblo en media docena de planos. ¿Se necesitan más? Zumba la mosca y afina la cigarra. En la calma chicha, la voz de un regato y el murmullo de tres mujeres. Hablan de un hombre caído de un puente, de su encuentro y de su entierro. La conversación termina con un diálogo que se ahoga en el repudio líquido de la nieve: – «Para todos es igual». – «Para todos, es lo único que tenemos bueno, la muerte». Teje Carolina, hablan tres y faltan dos. A una la vemos azada en mano, la última grita ladera abajo. Las exclamaciones de Obdulia van de Dios al Santo Cristo pasando por la Virgen Santísima. Sarmiento –Chema, ni Carolina ni Emma– las sujeta con una panorámica. «¡Que se nos muere! ¡Que se nos va!». ¿Quién?, él último hombre vivo que, en este lugar y en estas circunstancias, equivale a ser el último hombre sobre la tierra.


Las mujeres se reúnen, de a tres, junto al doliente. Los estertores y los gritos convierten la habitación en lo que es: un escenario. La muerte queda instaurada como representación. Despacio, ni el escorzo era el de Dovzhenko, ni la histeria es la de Cecilia Mangini. Stendalí puede esperar. Canta el cisne: «Solas, os vais a quedar solas». Joaquín, invitado por una de las valquirias, se decide a partir. En un análisis de género faltaría tiempo para declarar la muerte del patriarcado. Ellas sabrán arreglarse y ellas se calzarán los pantalones, pero también nos confesarán otra enseñanza definitiva: el matriarcado forzoso es una experiencia sin futuro. Las mujeres no tardarán en asumir el fracaso al que se enfrentan. Cómo resolverlo es algo que todavía no conviene anunciar.

Comienzan los preparativos del entierro. Cavar el hoyo y toque a clamor. En la despensa de la muerte se apilan ataúdes y tinieblas. La muerte es anónima, pero se pronuncia a través de individuos. Ataúdes nominales de caligrafía polvorienta. Adela, la más joven, la más tímida y la más poeta, se preocupa de la ventana. El frío de mayo, como las alimañas, baja de noche al pueblo. Adela tapa el hueco con una radiografía de tórax. El acto y la imagen parecen extravagancias cuando son auténticas expresiones de lo real. Informaciones fisiológicas y geográficas. El estertor dramatizado encuentra, quizá, explicación: la insuficiencia respiratoria cultivada durante años en una región minera: El Bierzo. Expirar en el aire puro y rarefacto de las montañas.

Todo listo, solo falta aviar al muerto y, si se tercia, piropearlo: «¡Está más guapo que de vivo!». Joaquín, de domingo, recibe el cumplido con la boina recién calada y la mandíbula amarrada al pañuelo. El pañuelo blanco le rodea la cabeza y diseca el rictus. El pañuelo quiere combatir la posible deformidad del cuerpo presente, pero lo que realmente busca es callarle la boca al difunto. Evitar que los gases lo conviertan en mensajero de ultratumba. La escatología cumpliendo sus acepciones con rigor –mortis–. Más adelante, un pellizco de Obdulia expedirá el certificado de defunción. Nada de entierros prematuros.

II. Ars longa, vita brevis.
El velorio ocupará gran parte de la película. Justo antes, Sarmiento elabora un prólogo que, a mi juicio, es la mejor escena de la película. Digo más, es una de las grandes escenas de –hasta donde alcanzan mis conocimientos– la historia del cine español. No hará falta estar iniciado en historia y sociología del arte para saber que esto no es una exageración. La escena en cuestión dura ochenta segundos y consta de dos planos. Aunque podría quedar reducida a un único plano frontal sostenido de algo más de cincuenta segundos. El plano número cincuenta de la película, cincuenta de apenas cien. Hago hincapié en el tiempo porque es el mensaje y es la estructura. Como todo lo que habita esta imagen, el diálogo entre Adela y la vieja velazqueña es mínimo: – «Cuánto tiempo llevará este pote en casa, que yo me lo acuerdo de toda la vida». – «Y durará más que tú». Adela habla con su timidez característica –casi gallega, casi asturiana, seguro quejosa– entre la interrogación y la exclamación. La respuesta es seca. Adela, con la actitud infantil de quien cree dominar el libre albedrío, estampa el pote contra el suelo. Del Antiguo Testamento al Barroco, siglos de vanitas condensados y enviados en un Ars longa, vita brevis.


«Sobre una mesa de madera pobre
y en cuenco de terrazo,
unos trozos de pan y tres naranjas
acompañan al vaso ensombrecido
de vino rojo.
La pintura del lienzo está rugosa
como la idea:
naturaleza muerta,
las estrías del tiempo,
la luz fosilizada».
“Bodegón” (Rafael Espejo)

Para qué volver a Zurbarán, Pereda y Leal. En ausencia de naranjas, el poema de Rafael Espejo se acuesta sobre el plano de Sarmiento. Sobre los milímetros (16) rugosos de celuloide. El tiempo es la letra, es la iconografía y es la luz. La materia cambia sin quebrantar el voto de pobreza. El universo se expande en las sopas de ajo. Las estrías no son arrugas de vieja, son los segundos que pasan ante su mirada impaciente. Estrías de pared desconchada y madera veteada. La luz se fosiliza en la boca del carburo. Llama nueva y, sin embargo, gastada. Iluminación opuesta a aquella luz no usada con la que Fray Luis cantaba a Salinas.

III. Teatro suicida.
Tras la cena, la pareja se incorpora al velorio. No hay ganas ni de plañir ni de rezar. En seguida cambian el centro de su reunión: del muerto al hogar. Las ancianas aplazan el rosario, templan el gañote con aguardiente y se entregan al filandón. Todo el ritual transmite una agradable sensación de paganismo. La identificación de la vida campesina con la superstición y la religiosidad es una simplificación. Cualquiera que conozca un pueblo de los de antes, sabrá lo que se cuenta de las beatas al sacar la silla. Estas ancianas, heréticas y paganas, se disponen a coleccionar historias. Leyendas y medias verdades que huyen del jesuseo platónico para abrazar un epicureísmo redentor.

Conjurar el miedo a la muerte no es suficiente. Ni siquiera basta con asumirlo. La muerte hay que celebrarla. ¡Morir a tiempo!, progressus real / fiesta de las fiestas, genealogía de la moral. Zaratustra, ejecutando su voluntad de poder, habló. La angustia de futuro y el deseo de inmortalidad son ideas propias del pensamiento beato. Mojigatería donde siempre han coincidido las religiones, la posmodernidad y el puritanismo transhumanista. Aquí, ante la muerte, el publecito entre montes es la continuación de la ciudad sin murallas de la Carta a Meneceo. El libro tercero de Lucrecio, la Ética de Spinoza y el Sistema de la Naturaleza del Barón de Holbach, las únicas guías de viaje que lo reseñan. Las mujeres saben que solo serán libres si cimentan su sabiduría en una meditación de la vida que no contemple las afectaciones post mortem con las que Deleuze glosaba al sefardí. Mujeres ineptas para ser afectadas por la ancianidad, y mucho menos por la posancianidad. Mujeres que saben que mientras son, la muerte no es; y que cuando sea, ellas no serán. La muerte es terrorífica, pero es natural y es última. Mujeres dispuestas a orquestar un suicidio colectivo. De nuevo la representación de la muerte como tejido vital: el teatro del suicida al que aludía el verso de otro gran castellano, Jorge Guillén.

Las taquillas abrirán cuando crezca la planta del sueño. Una vez recolectada e infusionada, el pathos desaparecerá. Las calles se llenarán de abrojos y la nieve hundirá los tejados. La naturaleza, fatalista, las cubrirá. Las mujeres hablan con la aliteración del espesor espinosista de la naturaleza. Igual que Schelling, recurren al panteísmo como único sistema posible de la razón. Aquel viejo alemán, en plena trifulca con su tocayo Schlegel y con tantos otros que siempre vieron en el panteísmo una escapatoria fácil al debate filosófico, dijo aquello de que la Naturaleza debía ser el espíritu visible y que el espíritu era, a su vez, la Naturaleza invisible.


Las mujeres no ordenan los pensamientos de cualquier manera. Lo hacen con un vocabulario y una sintaxis que ya quisiera para sí el universitario medio. Lo hacen, además, con métrica digna de los heterónimos de Pessoa. Se me acusará de volver a exagerar. Para evitarlo presento evidencia científica: los versos de Adela, su explicación dendroidea del viento. Esa pequeña estrofa hace comprensible lo que para Antonio Gamoneda (“Aún y súplica”) no lo era: el temblor de los árboles. El agua, de nuevo, entorpece la escucha; lo hace sin querer, sólo pasaba por allí. Adela repite y grita: «Los árboles hacen el viento / agitando las ramas / como si fueran abanicos». La muerte, el viento y las causas naturales se entrelazaban en una de las proposiciones de Spinoza para terminar denunciado «la voluntad de Dios» como «asilo de la ignorancia». «¿Qué metafísica tienen aquellos árboles?», se preguntaba Alberto Caeiro. Ninguna, son «el altar natural donde es mi culto», escribirá Ricardo Reis. Arboledas que nos preexisten y que nos sobreviven. Lugares por donde pasaba el viento cuando había viento. Para Adela y para Reis son la representación elevada de su trato con la Naturaleza: el de «un abandono asiduo» donde entregar nuestro esfuerzo «y no querer más vida que la de los árboles verdes». Faros vivientes de vida invencible. Árboles, como los de Perec, sin ninguna moral que imponerte.

«Mira, los árboles son; las casas
que habitamos resisten aún. Sólo nosotros
pasamos por delante de todo
como aire cambiante».
“Elegías del Duino” (Rainer Maria Rilke)

IV. Filandón.
Todas las historias contadas a la lumbre del velorio presentan inquietudes naturalistas. No obstante, los relatos se suceden sin encajar, rompiendo el eje y la corrección. El mismo Sarmiento refuerza esta sensación con ciertos saltos en su planificación. La primera historia, la de la tía Argimira, es puro materialismo. De acuerdo que es una aparición, pero una que todavía conserva su corpachón de dama del pueblo. Porta sus carnes y un cirio, pero lo que de verdad ilumina el encuentro es el fósforo residual de su esqueleto. Fatuo resplandor que alteraba al Sol: un perro ciego, negro y cabrón. La romántica iconografía del fantasma ensabanado y encadenado, se actualiza en el rechinar grimoso de sus faldas de género nuevo. Argimira vuelve de entre los muertos para llevarse a su marido. Pero lo hace de pura envidia, por egoísmo y por miedo a que la engañe con otra. ¿Habrían de existir otros motivos?

La historia de la niña María Nieves profundiza como ninguna en el panteísmo. Habiendo jurado no casarse jamás para guardar fidelidad a su madre naturaleza, rompe la promesa. La ira y los celos maternales se desatarán la misma noche que, a hurtadillas, la joven acude a arreglar el casamiento. Nieve paradójica de copos calientes como las brasas, la vestirá. La pastorcilla pagará su engaño aterida de blanco, como la cerillera de Andersen y la Margarita de Murnau. A su historia le sigue otra igual de pastoril, que no bucólica. El cuento del pastor Eulogio y su oveja Lucera comparte destino fatal. Durante la narración, Sarmiento rompe la unidad de escena mediante el plano objetivo de un pastor con su rebaño. Distancia audiovisual para un relato de bestialismo sentimental.

La historia del tío Antonio carece de complemento o digresión. Carolina aguanta en solitario, otra vez, la narración en primer plano. Tanto el austero dibujo a lápiz de María Nieves, como el plano del pastor y la calle –que es calle y reloj pintado– del alfarero, son recursos inteligentes para aliviar el conflicto que surge entre el texto audiovisual y el texto literario declamado por actrices que no lo son. La historia del tío Antonio regresa al rigor mortis escatológico: la visión de un cadáver con la pierna a la virulé, la tragicomedia resultante de su encaje en el ataúd y las necesidades fisiológicas de Carolina. Por último, la historia del alfarero de Albares de la Ribera. La más elaborada desde un punto de vista literario y filosófico. Más que una moraleja, lo que se desprende de su lectura es un auténtico manifiesto antiplatónico. El peligro, a todos los niveles, del mundo absoluto de las ideas. La miseria individual, colectiva y siempre patológica a la que conducen los ideales de la existencia. Incluido el de la belleza.


Con más chismes que contar pero con el amanecer en puertas, el grupo decide volver al rosario. La letanía no pasará del primer misterio. Sincronizadas, las vence el sueño. A la señal del ronquido, el velorio funde a negro. Las mujeres han cumplido con toda la burocracia de la muerte, solo falta la rúbrica al cabo del documento. Una pareja de vacas asturianas –Rubia y Roja– tiran del carro y del cortejo. Ya en el cementerio, Carolina aparece con la estola del cura al cuello –aquel “demonio de cura”, aquel cuervo elíptico que no escuchó su serenata de bronce–, pero con nula intención de oficiar. – «¿Digo unas palabras?». – «Está todo dicho». A fe que lo está. Húmeda tierra sin conciencia cae sobre el féretro de Joaquín. La llave metálica del cementerio salpica en el sonido cóncavo de la muerte. El cementerio, con sus terrones y su llave, carece de sentido desde que el teatro del suicidio acogerá la función.

V. Coda.
La gloria de Los montes no se limita a la cinematográfica, de ahí que sea gloria. De nada –o de poco– sirve invocar a Ermanno, a Jana y a los vecinos Chano, Eloy, Antonio y Margarida. Ni siquiera a las veredas de João César. Entre hisopos y brecinas, entre hierbas sin razón dada, pasean sin saberlo Epicuro y Lucrecio, Darwin y Montaigne, Spinoza y Holbach, Nietzsche y Freud, Deleuze y Onfray, Pessoa y Machado, Damasio y Varela. Los montes es una de las miles de películas que siguen durmiendo al raso, calándose en la chopera. Películas a salvo de prosélitos, de redactores de obituarios y de lameculos de ocasión. Es decir, películas a salvo del cine.

BIBLIOGRAFÍA
  • DELEUZE, Gilles, Spinoza y el problema de la expresión, Barcelona: Muchnik, 1999.
  • EPICURO, Obras completas, Madrid: Cátedra, 2012.
  • ESPEJO, Rafael, El vino de los amantes, Madrid: Hiperión, 2001.
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  • GUILLÉN, Jorge, Desnudo: antología poética, Madrid: Bibliotex, 1998.
  • LEÓN, Fray Luis de, Poesía, Madrid: Cátedra, 1983.
  • LUCRECIO CARO, Tito, De rerum natura, Barcelona: Acantilado, 2012.
  • NIETZSCHE, Friedrich, Así habló Zarathustra, Barcelona: RBA, 2002.
  • NIETZSCHE, Friedrich, Más allá del bien y del mal, Barcelona: RBA, 2002.
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  • PESSOA, Fernando, Poemas de Alberto Caeiro, Madrid: Visor, 1984.
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  • SCHELLING, Friedrich, Escritos sobre filosofía de la naturaleza, Madrid: Alianza, 1996.
  • SPINOZA, Baruch de, Ética demostrada según el orden geométrico, Madrid: Alianza, 2004.
  • THIRY, Paul-Henri, Sistema de la Naturaleza, Pamplona: Laetoli, 2008.


IMÁGENES

Los montes (Chema Sarmiento, 1981). DVD editado por Impromptu, Fundación Villalar, Ayuntamiento de León y Junta de Castilla y León, 2006. Junto a Los montes el DVD incorpora el largometraje El filandón (1985), el documental ¡Wolfram! (1992) y un libreto de cuarenta páginas.