«Voy a tratar ahora de la existencia de lo que llamamos simulacros de las cosas;
los cuales, como películas desprendidas de la corteza exterior de los cuerpos,
vuelan por los aires de acá para allá; ellos son los que nos aterrorizan
apareciendo en nuestras mentes, en la vigilia o también en sueños».
(Lucrecio, ca. 55 a. C.)

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Paseos con David Lynch


A comienzos de la primavera del año que ahora nos deja, se publicó un monográfico de casi trescientas páginas dedicado exclusivamente a Carretera perdida (Lost highway), la película dirigida por David Lynch en 1997. Quiero creer que, en aquel abril, el libro se abrió como solo lo hacen las flores, de la noche a la mañana, con toda la clandestinidad y el descaro al que nos tiene acostumbrados la editorial Shangrila. Utilizo esta vulgar imagen botánica porque pasé meses contemplando el crecimiento de la yema, hermética y por momentos irritante en su cerrazón. Una vez desenvuelta, liberada en sus formas, sin indicio de amustiarse y por completo emancipada, me reprocho que no alcancé a nombrarla. Y debí hacerlo no por mí, sino por los otros. Aquellos que, con generosidad, la hicieron posible. Gente sabía y con la paciencia necesaria para aceptar mis manías de jardinero frustrado. Quede este recordatorio público como sincero reconocimiento hacia ellos.

Enlace a la web de la editorial: 
https://shangrilaediciones.com/producto/carretera-perdida-paseos-con-david-lynch/
Leer la introducción:
https://www.shangrila-blog.com/2019/05/ii-carretera-perdida-paseos-con-david.html





 



¿Acaso no matan a los elefantes?


Las gárgolas se han escapado, los humores me ahorcarán. Grietas, coágulos de luz, llegó el final. En la derrota de los fajones, la última mirada del claristorio. Bajo agujas, ménsulas y ojivas, mi letra sobre el atrio de la muerte. Hoy es el día de las sogas de algodón y los cadalsos apaisados. De las vidrieras ciegas y los sillares vacíos. Derrame en la pleura de los arcos mellados. Nervio, estrago y crucería. Domo de pergamino, pulcra y honrada altanería.


Tumores yermos, papilomas de la modernidad, escoliosis y fatiga. Pliegues de la existencia, vuestras sábanas por mi vida. El catre es recto, ahora es víctima. Ser vosotros me destruirá. Humana, decúbito supino, tal es mi voluntad. Renuncio al aguafuerte, rindo el rostro, asalto el sueño, pongo a dormir el lamento. El gris es manso, mullido como el vellón de este cordero. Qué grato estar tendido al carboncillo.


El ruido de la porcelana era azul. La sustancia turbia de las cinco me ungió de cobre el paladar. La lengua entumecida, la saliva fermentada y, sin embargo, venteo la madreselva. ¿Seguirán creciendo los árboles? ¿Acaso no disparan a los elefantes? Cuando las bestias aprendan a llorar, cuando el ogro se adentre fuera de la cueva, el aleteo cóncavo de las palomas desolladas.


Que nadie prenda el incienso, creo en el teatro y en la educación. Nada desaparece, versículos recitados, tuétano fosilizado, huesos transidos de calcio. La madre temblaba en la intimidad de los esponsales. Dolor custodio, Locasta insomne, amor que habita en una tierra deforme. Fuera del marco ternura, el suave espanto de un cielo estrellado.

IMÁGENES
El hombre elefante (The elephant man, David Lynch, 1980)

Olores de una noche de verano

«En este mundo,
encima del infierno
viendo las flores».
(Kobayashi Issa, 1762-1829)

Carezco del talento necesario para escribir sobre un aroma sin resultar cursi. Lo sé porque hasta los más dotados han fracasado en sus intentos de escritura perfumada. Mi única ventaja es que soy consciente de ello. Por lo tanto, no tengo más remedio que acudir a terceros para expresarme. El análisis es el lugar donde nos refugiamos los cobardes, donde manteamos al pelele y prendemos fuego al hombre de paja. El análisis es, también, el consuelo de los torpes. De ahí que lo más prudente sea asumir esa torpeza a la manera de Raphaelson, esto es, como «el pasaporte de un hombre honesto». No obstante, ni la cursilería, ni la cobardía, ni la torpeza me impiden realizar la siguiente pregunta: ¿sabrías identificar el olor a madreselva? Si has contestado que no, deberías reconsiderar algunas de tus prioridades.

Las noches de verano son agradables en Caulfield.
Huelen a heliotropo y a jazmín. A madreselva y a trébol.
La brisa que agita las cortinas es suave y agradable.
Reina el silencio. La quietud de la paz y de la seguridad.
Oh, sí. Las noches de verano son agradables en Caulfield.
Pero no para nosotros. No para nosotros…

Mentira latente, No man of her own, Mitchell Leisen, 1950

Así comienza Mentira latente (No man of her own, Mitchell Leisen, 1950), con la voz en off de Barbara Stanwyck acompasando un apacible travelling lateral. He realizado una traducción literal porque el doblaje padece un principio de anosmia. Para él solo hay una «fragancia de jazmín, madreselva y menta». Este arranque es el de una película y el de toda una década de electrodomésticos y césped recién cortado. En plena posguerra feliz, florecieron las urbanizaciones. Vestíbulo de la neurosis atómica, la vida suburbana de los cincuenta se recoge en el jardín. De cuantas conozco, Mentira latente es la última gran película de Leisen. Pero dicho así suena condescendiente. Mentira latente no es solo un brillo terminal, sino otro igual de limpio que los de sus años junto a Sturges, Brackett y Wilder. Más allá de la figura de Stanwyck, existe un pulso común entre su clausura de los treinta y la de los cuarenta, entre Recuerdo de una noche (Remember the night, 1940) y Mentira latente. Entre ambas, Leisen ha tenido tiempo de rastrillar la maleza del sendero que conducía a Manderley.

Cuando tengo ocasión, siempre explico las deformaciones de Asger Jorn con la serenidad de Cecilia Giménez y las mañanas de Lumberton con las noches de Caulfield. Lo hago a través del concepto biológico de latencia. Lo difuso de sus límites a la hora de enunciar, lo tenue de sus formas a la hora de mostrar. Si antes enmendé el doblaje, ahora debo aplaudir la libérrima traducción del título. El relato está enfermo, pero aún no lo sabe. La palabra quiere expresarlo, pero nadie la escucha. En ausencia de pápulas, la imagen tersa disimula. El diagnóstico debe discriminar los primeros síntomas mientras incorpora el contexto histórico, la letra, el tono de voz, el ángulo de la cámara y la iconografía. La voz en off se transforma en canción, los olores en imágenes, la cadencia del travelling en ralentí y las adversativas en comparativos de superioridad. Lo que era cuento se convierte en videoclip. No se trata solo de Leisen y Lynch, también de Woolrich y Vinton. Lynch plagia a Leisen pero no pasa nada, está legitimado por la posmo.

Leisen y Lynch hacen aflorar la latencia desde el mismo prólogo. La muy cinematográfica figura del regador aparece discreta en el horizonte de Caulfield. En Lamberton, su manguera se retuerce en plano detalle con la tensión propia del accidente vascular. La cámara desciende entre la grama, lecho de hormigas, albergue de orejas putrefactas. La inmediatez de Lynch es la del cielo azul y la pintura blanca, la de las rosas y la de los tulipanes. El color sobre el olor, la imagen y el tacto sobre el perfume. La paciencia –el rastreo– de Leisen responde a la interrogación del olfato. En cualquier caso, ambos quieren explicar que lo bello, en no pocas ocasiones, nace de lo macabro. Podría decir que lo bello esconde lo macabro, pero sería incorrecto. Para revelar el lenguaje de las flores –el audiovisual y el olfativo– es necesario comprender que lo bello arraiga en lo siniestro. Esto ya lo planteó con intensidad Georges Bataille, Didi–Huberman lo ha desarrollado a lo largo de su obra y yo, con matices, lo reconsideré en un texto inédito.

Blue velvet, Terciopelo azul, David Lynch, 1986

Bataille se revolvía contra el ideal humano de la flor. La imagen y el aroma de la flor eran aspectos normativos de la belleza. Amor y empalago, afrodisíacos culturales y sintéticos que olvidaban la sustancia, la materia primigenia: el humus, las inmundicias y el trauma. En su insolencia cromática y fragante la flor no hace más que manifestar su propia –que es la nuestra– decadencia, el símbolo reprimido y la basura doliente. Pétalos de vanidad, aroma incensado en las letrinas de Sade. En palabras del profeta Isaías (40. 6.), sicut flos: «que toda carne es heno, y toda su gloria como la flor del prado».

La madreselva, en tanto planta y flor de reciclaje, no hace más que convertir el hedor en perfume. La madreselva huele dulce, pero Auschwitz o Belzec, según el día, también adquirían el olor dulce y cargante de la grasa torrefacta. En la primavera de 1944, Walter Neff todavía no podía percibir la aurora roja y almizclada sobre los abedules. Su olfato se conformaba con una sorpresa menor: el asesinato olía a madreselva. Neff hablaba por boca de Chandler y de aquel guionista cansado de que un figurinista –no estoy nada seguro de que fuera esta la palabra que Wilder utilizó para menospreciar a Leisen– estropeara su trabajo. El olor a madreselva junto a la vieja mansión de los Dietrichson era la estructura del cadalso. La soga, una esclava en el tobillo de, faltaría más, Barbara Stanwyck. La noche en la que todo ocurrió, el olor se hizo insoportable. Cuando sol deja de incordiar, la madreselva, como los maleantes, inicia la purga. En un verso de Keats encontrábamos a «las sombras de la noche besando a madreselvas». Qué duda cabe de que la naturaleza de ese beso era la misma que la de Phyllis Dietrichson. Beso taimado y alevoso que se dibujaba en el mismo título del poema inacabado: “Welcome joy, and welcome sorrow”.

En el original Keats utilizaba woodbine en lugar del más común honeysuckle. Desconozco las razones del uso, quizá sea más propio del inglés británico que del americano o quizá solo sea una cuestión de estilo o de siglo. En todo caso, ilustra con justicia la complejidad de una planta dual y sinestésica como pocas. Recia y maleable, frondosa y enjuta, de las que florecen con indolencia para luego practicar el estajanovismo. De las que lloran de pena y alegría por los sarmientos. Flor a la que cantaba Buson y que, dos siglos más tarde, tapizaba nuestros descampados. El maestro japonés insistía en su belleza melancólica: caen los pétalos de la madreselva y, en el silencio, escuchamos la voz de los mosquitos. Miguel Hernández, casi por las mismas fechas que Bataille, olfateaba el viento del pueblo mientras hurgaba en la belleza aterradora: «estiércol padre de la madreselva». ¿Quién era el estiércol padre?, el cadáver ausente pero nutricio de Lorca.

BIBLIOGRAFÍA
  • BATAILLE, Georges, “El lenguaje de las flores” en La conjuración sagrada. Ensayos 1929–1939, Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2003, pp. 21–28.
  • DIDI–HUBERMAN, Georges, Cortezas, Santander: Shangrila Textos Aparte, 2014.
  • DWORK, Debórah; VAN PELT, Robert Jan, Holocausto. Una historia, Madrid: Algaba, 2004.
  • HERNÁNDEZ, Miguel, Viento del pueblo, Madrid: Cátedra, 2006.
  • ISAÍAS, “La profecía de Isaías” en Sagrada Biblia, Zaragoza: UNALI, p. 667.
  • KARASEK, Helmut, Nadie es perfecto, Barcelona: Mondadori, 2001.
  • KEATS, John, Poesía. Antología bilingüe, Madrid: Alianza, 2016.
  • RAPHAELSON, Samson, Amistad, el último toque Lubitsch, Barcelona: Intermedio, 2012, p. 23.
  • WEISS, Jack, Memories, dreams, nightmares. Memories of a holocaust survivor, Calgary: University of Calgary Press, 2005.
  • YOSA, Buson, En un sueño pintado, Gijón: Satori, 2016.

IMÁGENES
  • Mentira latente (No man of her own, Mitchell Leisen, 1950)
  • Terciopelo azul (Blue velvet, David Lynch, 1986)
  • Perdición (Double indemnity, Billy Wilder, 1944)