«Voy a tratar ahora de la existencia de lo que llamamos simulacros de las cosas;
los cuales, como películas desprendidas de la corteza exterior de los cuerpos,
vuelan por los aires de acá para allá; ellos son los que nos aterrorizan
apareciendo en nuestras mentes, en la vigilia o también en sueños».
(Lucrecio, ca. 55 a. C.)

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El frufrú de la imagen

El cine resplandece en el contrasentido; es una vanidad trascendente. Otra de las derivadas artísticas que no tuvimos más remedio que inventar. El cine es una banalidad y un capricho necesario, un adjetivo con propiedad verbal. En su día tuvimos gritos, golpes, sonidos y lenguajes rudimentarios, pero también huesecillos y membranas en la puerta de la garganta y en la gruta del oído que vibraban de una manera especial, una que nos reconfortaba como ninguna otra al escuchar el aire entrando y saliendo de la tráquea y de la caña de huesos ajenos perforados a intervalos. Huesos cuyos tuétanos nos habían acabado de alimentar. Nos acicalamos, nos decíamos y nos queríamos con el ocre y la ceniza de los cuerpos. Como el lobo de Caperucita, nos pintamos los ojos y la boca para vernos y comernos mejor. La fuente cerebral de las narraciones rebosó hasta inundar toda nuestra cultura material. Poseídos por ardores de niño, garabateamos las paredes. Las llenamos de geometrías, de abstracciones, de figuraciones oníricas y naturales, de visiones interiores, de los impulsos eléctricos de nuestro nervio óptico, de animalejos y de manos. Antes que corazones dibujamos vulvas y penes, nalgas y pechos. Los modelamos, los tallamos en piedras y, como no, en huesos. Marcábamos con rudeza sus orificios y dilatábamos sus curvas porque aquellos trazos y relieves eran nuestro ser más sincero, la única metafísica ineludible del momento: la del sufrimiento y la del placer, la de una violencia mechada de humanidad, la del abandono y la del cariño, la de la muerte y la creencia, es decir, la del amor en ciernes, la de la familia y la conservación de la especie. Más tarde llegaríamos a dibujar corazones, a traspasarlos con flechas y a escribir poemas sobre sus heridas y alegrías. Y lo hicimos solo porque antes, durante decenas de miles de años, habíamos cultivado nuestra indecencia más ingenua y natural.

No recuerdo la fecha exacta, solo sé que fue posterior al Paleolítico Superior y que pronto se cumplirán veinte años desde que empecé a escribir de manera no reglada sobre cine. Y de tal manera continúo haciéndolo. En la razón y en el albedrío, con sencillez, más como terapia que como divertimento, de manera desinteresada en un 90% de las ocasiones, en una intimidad casi lunar, asediado por el ruido del sol y de la gente, en medio de una tranquilidad plateada y frágil por quebradiza. Esta efeméride carece de importancia porque ni siquiera es significativa para mí. Sin embargo, sirve para recordar que eso que ya consideraba una maravillosa trivialidad, como el juego que siempre había buscado sin encontrar, uno dúctil e infinito, uno que jamás sería capaz de aprender por completo, un laberinto en el que perderse y prolongar la deriva sin angustia, era examinado de manera muy diferente por otra parte del público y del oficio.

La primera crítica de cine propiamente dicha que escribí fue para un clase de posgrado. Mi libre elección fue Los ángeles de Charlie: Al límite, la secuela de un éxito estrenado el año en el que hubo de acabarse el mundo. Aquel muchacho obsesionado con el cine mudo, devoto de Murnau, admirador de Lubitsch y de Ford, estudioso de los saltos de manivela de Méliès y de cómo la evolución tecnológica había condicionado (o no) la percepción y la estética del aparato, devorador de cuatro, cinco, seis y siete películas al día y coleccionista de VHS que en la actualidad visitan con periódica paciencia y sin nostalgia los contenedores del punto limpio de la ciudad, estaba interesado en una película dirigida por alguien que ni siquiera tenía un nombre corriente que pronunciar más allá de la guturalidad; un tal McG. La había visto un viernes de estreno en la sala de un centro comercial, un espacio suburbano de película de terror, un lugar nacido decadente a medio abandonar por  matrimonios y adolescentes, vigilado por maniquíes con insomnio, atravesado por pasillos enlucidos por el capitalismo trasnochado con rejas doradas y vestidos de saldo, con aroma de hamburguesa, palomitas, cosméticos y lejía, acompañado de un amigo y de tres o cuatro señoras a las que no hacía falta recordarles la vejez.

Me pareció una película espantosa, y sin embargo, del todo interesante y adecuada al contexto recién descrito y al general, al superior, al histórico del nuevo milenio. En rigor, creo que la severidad de mi juicio y de mi gusto se debió a que perdí cualquier interés una vez concluida la primera secuencia. Para ser exacto, una parte mínima de la primera secuencia. Cameron Diaz había cabalgado un yak mecánico de manera acrobática y aquel acto había sido suficiente. Veinte segundos y veinte planos después, mi mente era incapaz de procesar más imágenes en movimiento. Estaba fascinado, me había invadido una sensación de prosperidad intelectual al comprobar que las coletas doradas de la actriz rimaban con el aspecto lanudo del bóvido. Que la pornografía no era una opción y que asistía a un todo suave rematado por sonrisas, rizos y puntillas. En medio del humo y de la mugre, una nube de blancor. De entre la carne y los tejidos surgía un rumor, un murmullo visual que al caer llegué a identificar como el frufrú de la imagen. Un roce en el párpado, un pliegue del tiempo y del género que me permitía conectar pasado y presente con absoluta naturalidad.

Las epifanías suelen aparecerse como la Virgen, es decir, no acontecen, pero en su ficciones lo hacen envueltas en una suerte de luz culta, cegadora e inefable. La mía no. Mi alumbramiento fue como el de Jesús, de establo humilde, de estiércol y madera, de amparo sucio y cálido, banal y profundo, esto es, fue una intuición más que una revelación; un deseo de conocimiento. El preludio de una hipótesis, la primera fracción de cualquier futuro, la palabra inicial de todo discurso. El silencio que quería ser dicho, la ignorancia hambrienta y vergonzosa. Entiendo que otros adquieran el poso docto y erudito del cinematógrafo frente al océano de conciencia contemplando el final de Solaris, escuchando a Dios callar bajo el sol de medianoche, en el tacto bípedo y eléctrico de un monolito, en la mano tendida de Johannes, en las dendritas luminosas de Brakhage, en el dobladillo del pantalón del Chishu Ryu, en la bruma norteña de Antonioni, en la habitación roja del agente Cooper y en los soliloquios de Bresson, pero no fue mi caso. Los conocía a todos, los adoraba con pasión cinéfila, pero aquello era distinto. Rifles, botellas, dagas, cigarrillos, tótems… falos (existe una etapa en la vida de cualquier crítico donde su mirada, después de haber leído dos párrafos de Freud, solo alcanza a ver falos) por doquier acechando a una mujer que no necesitaba nuestro sermón porque contaba con todas las armas necesarias para el ataque.

Tal fue mi postura crítica en un texto de, supongo, no más de 500 palabras que, después de una labor arqueológica exhumando mi primer ordenador de escritorio, he sido incapaz de encontrar. Quizá porque estuviera manuscrito o, más probable, porque no lo considerara digno de guardar. Así, alrededor de Cameron Diaz convertida en malvavisco a punto de ser calcinada en la hoguera evolutiva de nuestra especie, enlacé ideas sobre el cine contemporáneo y las fórmulas integrales del blockbuster. De la producción a la exhibición pasando por los artefactos más mundanos del público y de la puesta en escena. La corrección, o mejor dicho la reacción del respetable profesor fue advertirme de que aquel enfoque «no era serio». Que había desperdiciado el espacio con asuntos sin relación con la película y que, para más inri, era frívolo. A su primera apreciación no tuve ninguna objeción porque era consciente de ella. Veinte años después sigo haciendo lo mismo.

Su segundo aviso, coronado por el halo de la frivolidad, no pude entenderlo. Para mí era todo lo serio que podía concebir un veinteañero porque, entre otros motivos, lo frívolo del cine suele solaparse con lo serio. Mi esfuerzo por madurar y mi concepción de la gravedad del arte quedaron dañados de inmediato. Introvertido, no fui capaz de replicar que ese vaivén iconográfico, rediseñado y deformado por milenios y civilizaciones, era el agua que corría Historia abajo porque una vez inclinada no le quedaba más remedio que hacerlo, y que al llegar abajo, a esa mañana calurosa de comienzos de siglo, se había perdido, se había evaporado sin dejar de ser el mismo río. Que aquello era el Camarín de las vulvas de Tito Bustillo en celuloide y que, en ese punto, tampoco deseaba renunciar al elogio sincero del cuerpo femenino, de su sexualidad y de cualesquiera funciones animales que albergaba. Y como apostilla, que la célebre vinculación altamirana del cinematógrafo no era tecnológica, que no yacía en las extremidades del bisonte moviéndose como las del perrito futurista de Balla, sino en esa discontinuidad aparente que propicia la necesidad fisiológica de las narraciones. Y que esta era de fuego, de una mística material, de goce y azagaya, de lanza y piedra, de carbón vegetal y carne roja, de mirada al cielo y al suelo, primitiva y cavernaria por muchas homilías y penitencias que utilizáramos para sofocarla. Y que, por supuesto, admitirlo no suponía entregarse a ella, tan solo el primer paso para la emancipación.

Explico esto porque ni siquiera la histeria actual es nueva. No son necesarias las redes sociales, los medios amarillos, la putrefacción universitaria y los intereses cruzados para establecer un delirio colectivo sostenido por predicadores y Estudios Culturales. También para recordarme a mí mismo que, en medio de un tremedal, todavía es posible caminar con firmeza. Que los prejuicios y los dogmas castran, que los vertederos esconden minas de diamantes y objetos aún más valiosos: pequeños fósiles, viajeros en el tiempo, muecas de calcio, matices y vestigios cerebrales, supervivencias visuales que abandonan la morfología de las luciérnagas por la de unas coletas al viento con la promesa de seguir completando nuestro registro evolutivo. Nuestro ansia por saber que no somos demonios, sino qué demonios somos.

Comentario de texto: una crítica de cine

El comentario de texto es una herramienta didáctica eficaz. Gracias a él se establece un intercambio dialógico entre las estructuras lingüísticas que lo componen y las facultades cognitivas del intérprete. Para realizarlo es necesario adoptar una posición física concreta, un enfrentamiento, un ponerse delante prescindiendo del punto de fuga hasta que nuestro campo de visión quede colmado por el texto. La posibilidad del horizonte, su esperanza, no se contempla. De esta necesidad espacial, de esta aridez en la mirada, se deduce una postura intelectual: el texto ha de ser confrontado desafiando la validez y la pertinencia de cada enunciado. El primer objetivo del diálogo es poner en crisis tanto al objeto de análisis como al sujeto que lo trabaja. En esta situación el autor del texto carece de interés, si acaso su presencia puede ser considerada en tanto fantasma disuelto en el mismo; un parásito del lenguaje que diría algún estructuralista despistado. Para comentar un texto hay que mirar la pared y discurrir el signo y el vacío como ladrillo y mortero. El conjunto se despliega ante nuestra vista como un trabajo de cantería donde las piedras van adoptando, a soga y a tizón, un ancho fijo o variable hasta alcanzar una altura marcada por las necesidades de la obra.

El comentario de texto no busca necesariamente una conclusión o una enseñanza. Y sin embargo, es de una productividad sobresaliente. Lo es más allá del producto, esto es, más acá del modelo socioeconómico donde se inscribe. El ejercicio es una competición sin resultado donde el fruto solo alcanza madurez en el proceso, en la puesta al día de sus componentes y en su capacidad para adobar el pensamiento. El rédito del trabajo se recoge a cada instante, sin nómina ni retenciones en diferido. Desde un punto de vista antropológico, el lenguaje hace alarde de su doble vertiente: la cultural y la biológica, es decir, la aprendida de acuerdo a los sistemas educativos y sociales, y la heredada a través de cientos de miles de años de evolución. Desde el punto de vista estrictamente pedagógico, representa el esfuerzo y la obligación de cuestionar a la autoridad y a la institución.

Estas características han contribuido a su desaparición de las prácticas docentes. No solo en colegios y centros de secundaria, también en esos muladares del conocimiento que hoy conocemos como universidades. ¿Cómo voy a poner un comentario de texto a un universitario? ¿Qué crees, que esto es la EGB? Ojalá lo fuera, porque existe algo instintivo en el análisis de texto, un qué por delante de un porqué, una materia sobre una inferencia. Sin olvidar su indudable componente lúdico, su dimensión de mecano cerebral. El comentario es un juego, sí, pero también una incomodidad compartida; una amistad real.

Me dispongo a poner estas nociones en práctica con una muestra encontrada durante una de mis cada vez menos frecuentes expediciones cinéfilas. El escrito pertenece a un medio de comunicación de ámbito regional y difusión nacional. Pero antes, y pido disculpas por adelantado, tengo que realizar una digresión. El mismo día que realicé esta lectura, el fregadero de mi cocina colapsó. El agua sobrante no circulaba, y la poca que conseguía abandonar el estanque terminaba supurando entre las juntas de un armazón que, en sus contoneos hacia lo insondable, parecía anunciarme la existencia del averno. Porque en el fondo, en la fosa ignota a la que se dirigía ese tubo en la sombra, siempre he considerado estas menudencias domésticas como recordatorios de la condición humana. Un fregadero obstruido es una muerte en miniatura, una advertencia del reino de la descomposición, una instantánea de la vida, una prolongación de nuestra vulgaridad. A lo largo del día desfilamos orgullosos sin que nadie nos susurre al oído: Respice post te! Hominem te esse memento! Pero he aquí el fregadero, en concreto su sifón, dispuesto a la amonestación desde el silencio y la discreción que le otorga su madriguera. Que solo somos hombres y que una de las insuficiencias del transhumanismo es la materia que se acumula hasta hacer rebosar un recipiente destinado a la higiene. Cuento esto porque soy hijo de fontanero. Para ser exacto, el hijo que en su vida ha arreglado una cisterna y mucho menos un sifón.

Mi decisión fue dura y precisó de arrojo, de una especie de orgullo genético, pero afronté el trance como si de un comentario de texto se tratara. Observando las piezas, estudiándolas y procediendo a cuestionar un funcionamiento que se había mostrado deficiente. Si en los comentarios es aconsejable tener a mano un diccionario, en esta ocasión lo era la aplicación de Youtube. Con todo, una cosa era el planteamiento y otra la acción. Había que desenroscar aquellos plásticos de por sí nada atractivos, de una potencia y una cochambre genuina y bien cultivada. Sudorosos y congestionados como los músculos de un culturista. Su tez, malencarada como la de un higo en otoño. Pero algo me decía que, a diferencia de las personas y los higos, la belleza y la dulzura no se iban a encontrar en su interior. Nadie duda ante la dignidad de un rey y yo no dudé ante la de este sifón. Todo hacía indicar que había alcanzado la suciedad por la vía de la sangre. Aquello era mierda con abolengo. Su estampa invitaba a realizar un gesto a medio camino entre la reverencia y el saludo de visera.

Lo que allí encontré pasará a mi particular historia de la infamia. Los depósitos de comida, grasa, plásticos, telas, piel, cabellos y detergente habían colmado el espacio como el texto ha de hacerlo con la mirada. Su respuesta a lo inhóspito del lugar era un ejemplo extraordinario de presión-adaptación entre ecosistema y organismo. La sustancia gris antracita presentaba incrustaciones de jade que destellaban en la oscuridad. Sin conjeturar sobre el origen de los colores, me dispuse a retirarla con más miedo que vergüenza. Su defensa fue inmediata y consistió en activar la glándula odorífera. Mi réplica, perseverar entre fuertes arcadas… hasta la victoria. La próxima vez que tengáis la oportunidad de revisar la factura de un fontanero, apreciad que junto al desglose de material, desplazamiento y mano de obra, no aparecerá la tarifa más importante: la repugnancia.

Esa misma tarde, con el trauma enseñoreado en su condición de afecto no tramitado, leí el texto que, ahora sí, paso a comentar. He querido dejar constancia de este episodio escatológico porque pudo condicionar la posterior experiencia lectora. Esta no me generó arcadas incontrolables, pero sí una desazón más profunda. Mientras repasaba con atención sus líneas notaba que aquellas palabras, poco  a poco, con idéntico sigilo e insidia a la de la sustancia que acaba de conocer en su intimidad, se iban depositando en una parte de mi cuerpo que no tardaría en correr la misma suerte que el fregadero. La única manera de evitarlo era un exorcismo, es decir, un comentario de texto.

Por razones de formato, enlazo la fuente en vez de copiar su contenido: Host o la película inesperada El método a seguir consistirá en extraer todos y cada uno de los fragmentos mediante comillas angulares. Se respetarán los recursos tipográficos del original y la glosa se distribuirá debajo de cada cita.

«Pocas cosas más satisfactorias que ver cómo una película hace volar por los aires la conversación y los tópicos en torno al audiovisual contemporáneo.»

El inicio es atrevido. La emoción ante un descubrimiento y la dicha de una ambición cumplida. Si asumiéramos una estructura de guion, estaríamos ante una upfront story. Si adoptáramos la de un artículo académico, estas dos primeras líneas vendrían a ser un BLUF (bottom line up front), es decir, aquella norma según la cual es recomendable situar las conclusiones del estudio al comienzo en lugar de al final. Por lo tanto tenemos una conclusión inicial, derivada de una impresión personal, que deberá ser argumentada en el cuerpo del texto.

El uso de la negrita subraya la importancia del evento. Sobre el uso de esta tipografía seré breve. Una de las primeras cosas que aprendemos los correctores es a censurar la negrita de cualquier tipo de texto y formato. Su uso se ha ido restringiendo, con acierto, hasta en los espacios donde siempre prevaleció: los libros de texto infantiles y juveniles. Existe una razón de fondo al margen de la estética: la ecología cognitiva. Resaltar un contenido implica la degradación de otro, en este caso el de la letra fina. La concentración se activa en un punto mientras se desactiva en otro. En la actualidad, su uso es arbitrario y prolijo en los medios digitales, donde ya no se limita al de los nombres propios. Aquí la negrita aparece y reaparece sin criterio fijo, al albur del redactor o del editor. Podrían decirte que para su aplicación han seguido el patrón de las franjas de una cebra, el de un código de barras, el de un pintor con narcolepsia o el de un calamar con diarrea.

«hace volar»

De esta locución verbal se puede deducir un rasgo inicial del lenguaje: el sensacionalismo. En forma y fondo se trata de una derivada de la comunicación vigente donde todo explota, donde el mundo arde y donde la sorpresa solo se concibe en grado hiperbólico. Además, es una fórmula convencional, carente de imaginación, tan tópica como aquello que ha venido a dinamitar, “los tópicos”. Al igual que el diamante, el tópico solo ve mellada su superficie por la acción de un camarada.

«conversación»

Figura que avisa de un importante factor por venir: el colectivo. La conversación siempre involucra a un número de personas, por lo general, indeterminado. Un foro cuya amplitud consiente cualquier razonamiento sin miedo a ser discutido, o a ser discutido con las dificultades inherentes del gallinero.

«audiovisual contemporáneo»

El sintagma es apropiado y pertinente. La suma y la diversidad de prácticas dentro de un marco temporal fija el contexto. Desde finales de los años ochenta, sabemos que el cine ha dejado de ser solo el cine. La naturaleza de la obra a comentar refuerza su empleo. No obstante, con él se intenta abrazar un conjunto que no es uniforme ni reducible. Hay que tener en cuenta dónde situar el elemento, las posibles divisiones internas y su vecindario.

«Aún no he tenido ocasión de ver ‘Host’ (2020),»

Si el anticipo de las conclusiones era asumible, esta confesión lo invalida. No es la primera profesional que escribe sobre algo que desconoce, y al menos cabe reconocer su sinceridad, pero no es serio. No lo es su postura y no lo es la del medio que lo permite. El uso de las comillas simples –terceras en la jerarquía tras las angulares y las inglesas– para destacar el título de la obra, no se contempla en ninguno de los libros de estilo que conozco, incluido el de la RAE.

¿Qué podemos esperar del texto a partir de este giro en los acontecimientos? ¿Es posible continuar con el discurso?

«la película de terror de moda.»

No es necesario esperar demasiado, apenas el suspiro de una coma, para comprobar que todo es posible en el maravilloso mundo del periodismo y del audiovisual contemporáneo. La moda, institución dura pero etérea, regenta de la posmodernidad, ha concedido su permiso. Huelga otro salvoconducto, ni siquiera el de la experiencia empírica, desde que existe un sujeto superior, una madrina de la invisibilidad que redacta el boletín oficial de la dictadura.

«Se estrenó en el servicio de ‘streaming’ de Estados Unidos Shudder, una fantasía, una plataforma especializada en cine de terror que ojalá llegue algún día a España.»

No haber visto la película todavía permite aportar información verdadera y necesaria. El uso de las comillas simples en streaming vuelve a ser inapropiado. Los extranjerismos han de ir en cursiva, excepto cuando integran un titular que ya la incorpora; ahí podrán usarse de manera excepcional. La aparición del término genera un debate sobre la nomenclatura, las tecnologías, las estéticas y los hábitos asociados a las plataformas digitales. La ubicación del nombre propio de dicha plataforma no ayuda a orientar la lectura. El lector puede llegar a pensar que Donald Trump ha cambiado el nombre de su país. Lo mismo que sucede con esa “fantasía” entre comas. El lector deduce, o no, que es la fantasía de la redactora, quizá aficionada al género en cuestión. Pero no es ninguna fantasía, es un hecho; la plataforma existe.

«Dura solo 57 minutos.»

Aportación de datos incontrovertibles y hasta cierto punto fundamentales. La duración no se corresponde con los estándares del largometraje cinematográfico, aunque sí con los de otras prácticas del audiovisual contemporáneo. La grafía arábiga es correcta desde el punto de vista de los manuales de estilo.

«Su responsable, Rob Savage, dirigió desde la distancia durante la cuarentena a los actores,»

Un síntoma de redacción despreocupada es arrinconar el complemento directo, por mucho que se quiera enlazar con la subordinada inminente. La lectura continúa sin ser orientada, las palabras no sobran y no están mal elegidas, pero el encadenado carece de fluidez. El pliego parece adoquinado y su paso se asemeja al de una París-Roubaix. Este tramo podría ser el mismísimo Carrefour de l'Arbre.

«que tuvieron que ejercer a su vez de escenógrafos, iluminar lo que tenía que aparecer en el plano e incluso diseñar efectos especiales.»

En ocasiones sucede lo aquí notificado. Quien haya visitado un rodaje sabe que aquello es el dominio de los actos inescrutables, un frenopático a la hora del recreo, pero entre sus desvaríos no es habitual el de iluminar de manera específica lo que no va a aparecer en plano. Redundancia. En cualquier caso, la información nos habla sobre un modo de producción menesteroso, un régimen amateur y colaborativo muy presente en ese audiovisual contemporáneo. También desliza la precarización global de los trabajadores culturales.

«Cuenta la historia de seis amigos que contratan a una médium para hacer una sesión de espiritismo vía Zoom.»

Sinopsis ajustada a la realidad del argumento. Toda sinopsis habilita la discusión sobre la necesidad de la síntesis en la comunicación.

«Tiene un 100 % de críticas positivas en Rotten Tomatoes y comentarios entusiastas en twitter.»

Twitter debería ir con mayúscula, pero es un asunto menor. La rancia potestad de la moda ha descentralizado su actividad. Ella domina y vigila desde el otero del gusto, pero en ocasiones libera a subalternos y bufones. El porcentaje máximo de valoración abunda en la infalibilidad de la autoridad estética. La moda resultó ser la gente, la masa. Y como bien sabemos, la democracia es una emanación del pueblo. En la literatura académica, llegado el momento de sustentar una idea, de validar una hipótesis o de hacer una simple valoración, se recurre a una de las opciones consentidas del argumento de autoridad. Esto es, una cita a la persona y a la obra de referencia en el correspondiente campo de conocimiento de acuerdo a las normas APA (American Psychological Association). Qué duda cabe, a ojos de la democracia digital este último sistema es jerárquico, vertical, aristocrático y me atrevería a decir que poco inclusivo. Su justicia y su funcionalidad amarillean ante la sabiduría de millones de cerebros trabajando en red, como en Rotten Tomatoes y Twitter.

«Y tiene pinta de ser, directamente,»

Incongruencia: supuesto más aserto. El primer párrafo de los dos que componen la reseña se cierra con este atrevimiento. Con la ciencia que ha otorgado la moda y con la razón reforzada por sus sacristanes. No obstante, la redactora desliza un síntoma de precaución epistemológica que merece ser valorado: “tiene pinta de ser”. Que la apariencia coloquial no oculte su hondura. Frente al tedio de los hechos, la sospecha y el pensamiento desiderativo. El deseo reaparece desde aquel cercano “ojalá” para alcanzar su expresión definitiva. Un adverbio en –mente sella una transición donde la ucronía reemplaza a la Historia.

«el mejor producto hecho durante el confinamiento que hemos visto y que veremos (de momento no tiene fecha de estreno en España).»

Del sentir del pueblo, de su conversación, solo puede nacer lo mejor y lo bello. En él reside la mirada justa. Si levantáramos su cabeza, no tardaría en brotar el manantial de la doncella. Solo el pueblo es capaz de dictar sentencia sobre un juicio que carece de fecha, de tribunal y de pruebas. Es el encanto y la clarividencia que proporciona la unión. Que la ceguera reconocida no entorpezca un buen pretérito perfecto compuesto y un victorioso futuro simple. “Hemos”, nosotros, la primera del plural, la comunidad, incluida la firmante. Para que este afán colectivo siga funcionando, debe arrogarse el sentimiento de cada cual, es decir, ha de constituirse al modo de una religión. Esa parcela del pensamiento donde los hechos carecen de importancia porque existe una instancia superior, absoluta e indescifrable: la fe. Habilitamos la creencia porque hemos visto sin ver, hemos sentido la herida en tu costado y la hemos hecho propia sin la necesidad de deslizar los dedos en la llaga.

«¿Por qué es tan interesante que Host se haya convertido en un fenómeno?»

La pregunta podría calificarse de retórica, porque en los renglones precedentes nos ha quedado claro que era “el mejor producto”. Su virtud: convertirse en un “fenómeno”. El adjetivo acarrea, de nuevo, sensacionalismo y colectividad. El fenómeno, en cualquier ámbito, es impactante por su naturaleza y por la percepción que se tiene de la misma. El impacto del fenómeno refuerza su condición cuando trasciende la experiencia individual, cuando se transforma en un fenómeno de masas.

El título de la obra aparece sin resalte alguno, ni siquiera las comillas simples del comienzo. El texto, en el mejor de los escenarios, ha sido revisado de manera deficiente y en ningún caso ha sido unificado.

La pregunta sigue abierta y necesita ser respondida.

«Por mil motivos,»

Una lástima que el espacio final se reduzca a 343 palabras, apenas un tercio de los motivos en potencia. Nuevo coloquialismo, pero no lo subestimemos porque podría ser una sabia adecuación del estilo a los lectores. Si lo miramos con otra perspectiva menos voluntariosa, la fórmula denota pereza literaria y desidia intelectual.

«pero sobre todo porque desmonta de golpe muchos tópicos,»

Dado el espacio tan reducido, destacar el motivo principal de entre el millar es imprescindible. Reaparece la palabra “tópico”. De su empleo repetido se infiere que la originalidad es un valor distintivo de la obra. Aquí convendría establecer un debate a propósito de dicha cualidad. Es decir, hasta qué punto puede ser insólita o inesperada, como reza el título de la crítica, una película que ya sería epígono hace diez años. Una revisión cuidadosa de la filmografía del subgénero al cual pertenece, así como de la evolución de la vida del espectador y de los espacios de ocio, revocaría esta condición.

«muchos razonamientos caprichosos asumidos a saber por qué.»

El sintagma “razonamientos caprichosos” es sugerente. Invoca un proceder mental dando por sentada su veleidad. Ausencia de rigor ajeno. Ahí fuera hay personas que razonan mal o que no lo hacen con la sensatez solicitada. Es posible que se esté refiriendo a individuos, a traidores del sentir general, a disidentes de la moda, a prófugos del pueblo. A todos aquellos rebeldes que no decidieron acatar las resoluciones del oráculo 2.0. Suave atisbo de las dinámicas represivas del Delfos digital. Condescendencia.

«Uno es esta cosa de decir que el cine de terror contemporáneo es demasiado pretencioso»

De entre los mil motivos ya conocemos el principal, y ahora comienza la enumeración del resto. Nada que objetar a esta estructura, es procedente, clara y cumple con los preceptos de un texto divulgativo. El problema radica en la redacción subsiguiente: “esta cosa de decir”. El tono traspasa lo coloquial, se recrea en lo chabacano y se adentra en lo displicente. Saber si el cine de terror de contemporáneo es demasiado pretencioso, requiere un análisis diferente a este.

«(esa etiqueta del “terror elevado” que tantísima rabia da)»

El uso de la negrita en un texto situado entre paréntesis es una incoherencia discursiva y una aberración tipográfica. Si la idea merece ser resaltada, no se concibe que aparezca a modo de inciso. El subgénero conocido como “terror elevado” participaría del análisis paralelo solicitado más arriba. El colofón del paréntesis vuelve sobre los pasos del lenguaje de la calle. A estas alturas se puede asegurar que el estilo dominante es ordinario y populachero. Aunque esta vulgaridad quede mitigada por la inocente inflexión de la rabia aumentativa. Sentimiento que, por otra parte, concuerda con los expresados en una redacción de alumno de primaria.

«y no se manifiesta de una forma pura, sin –por ejemplo– coartada social.»

La apelación y las divagaciones en torno a esencias y formas puras es moneda corriente en el intercambio estético y afectivo del régimen de las frustraciones. El neoplatonismo y la beatería siempre han estado en la raíz de la de las teorías más endebles de la imagen digital.

El uso de guiones en esta acotación es otra aberración ortográfica.

«‘Host’ se intuye juguetona, epidérmica y ejecutada con las herramientas clásicas del género aunque su envoltorio sea tecnológico.»

La precaución derivada del no saber, alcanza un nivel enternecedor con la elección del verbo y con su forma reflexiva e impersonal. “Se intuye”, ella, intransitiva, a mí no me miréis si luego no es verdad. En cuanto al envoltorio tecnológico da a entender de manera poco precisa que estamos ante una película donde los enseres propios de la producción y de la comunicación están a la vista. Porque ese envoltorio tecnológico es consustancial a la obra de arte desde que tenemos noticias del Paleolítico superior. Desde entonces, su visibilidad y su camuflaje puntea la historia del arte. La idea subyacente es valiosa  pero está expresada sin convicción. Me refiero a la supervivencia de narraciones, formas y técnicas pretéritas en el interior de prácticas actuales que, durante su desarrollo, las distorsionan y aparentan negarlas.

«Otra cosa que destruye es la ligereza con la que afirmamos que la gente ya está harta de productos confinados (clases vía Zoom, directos de Instagram, presentaciones por videoconferencia):»

Destrucción porque hoy en día, como sabemos, la normalidad es un suceso en sí misma. Nada puede ocurrir con tranquilidad, todo ha de ser estridente. Si una obra es original, su influencia no puede limitarse a un delicado movimiento de piezas, a la reorganización silenciosa de las partes, a la caricia íntima que no necesita ser publicada. La originalidad solo puede ser grandilocuente, su presencia engendra una tabla rasa o, en su defecto, un regreso al estado del buen salvaje.

Primer atisbo de autocrítica en nosotros, la gente. También tenemos debilidades y ligerezas que han de verse como el descanso del guerrero, como el respiro merecido tras 365 días impartiendo justicia estética y moral.

«de lo que estamos hartos es de productos confinados mediocres, con los buenos no tenemos ningún problema.»

Cuando invocas la mediocridad ajena, has de estar muy seguro de haber aplicado el mismo baremo en tu alcoba. El planteamiento es similar al de una pelea: solo debes empezarla si tienes la certeza de ganarla. De lo contrario, tu mejor golpe será la zancada larga. En el caso de la mediocridad del otro existen dos opciones: la denuncia y el silencio. La paja en el ojo ajeno y la pirámide de Keops en el propio.

“Productos confinados” es un sintagma que no mueve a la confusión, su significado es claro en el presente epidémico, pero no deja de ser una construcción poco agraciada. Si el lector es goloso o si tiene hambre, leerá “confitados”.

«Y una tercera, la tendencia a desconfiar de las películas de menos de 90 minutos (quizá a ti no te suceda, pero es una realidad).»

Último argumento de la originalidad en curso. La desconfianza en las rebajas del estándar de duración cinematográfica no debería ser relevante en tanto habíamos convenido que no se trataba solo de cine, sino de audiovisual. Y entre las aportaciones estructurales del audiovisual se encuentra la apertura indiscriminada de la duración. El audiovisual vino a conciliar lo intensivo y lo extensivo sin reparar en la tecnología aplicada.

Abuso de los paréntesis. Cuatro en dos párrafos sin contar el del año de producción de la película. En su interior, una exhortación y una afirmación del orden de lo real. Aquellos que razonaban mal, es probable que también sean los que desconfían. Enemigos intangibles pero necesarios. Si no es tu caso, bienvenido, eres de los buenos.

«‘Host’ parece haber llegado en el momento adecuado para obligarnos a sacudirnos unas cuantas tonterías.»

Repercusión de la obra y conclusión discursiva vinculadas al momento histórico. Nueva autocrítica en primera persona del plural que adquiere la consistencia de un cristal de azúcar. ¡Penitenciagite! Si algo distingue a la colectividad es la necesidad del sacrificio postizo, de la teatralidad, del melodrama, de mantener activo el miedo exterior y, en última instancia, de la purga periódica para conservar la salud pública intacta, los ideales frescos y las dinámicas en armonía.