«Voy a tratar ahora de la existencia de lo que llamamos simulacros de las cosas;
los cuales, como películas desprendidas de la corteza exterior de los cuerpos,
vuelan por los aires de acá para allá; ellos son los que nos aterrorizan
apareciendo en nuestras mentes, en la vigilia o también en sueños».
(Lucrecio, ca. 55 a. C.)
«Toda experiencia profunda se formula en términos de fisiología».
(Emil Cioran, 1952)

Agua, viento, polvo


Agua, viento, polvo (Aab, baad, khaak, Amir Naderi, 1989) es una de las grandes películas postapocalípticas de la historia. Lo es porque nos cuenta el apocalipsis verdadero: el que no existe. Aunque sería más apropiado decir que ilustra uno de los muchos apocalipsis que acontecen a diario. Un fin de los días particular y restringido. El apocalipsis medioambiental y sentimental que acarrea la pérdida del lugar y de los seres queridos. En la película de Naderi no vemos las consecuencias de un catástrofe atómica, ni de una pandemia. Ni siquiera las de un cataclismo planetario. No hay radiación, no hay patógenos, no hay meteoritos; hay algo peor: hombres. La suficiencia de los hombres y un puñado de ruinas naturales y artificiales. Vestigios de lo que bien pudo ser un jardín.

Decía que “no vemos” y acertaba. Todas las imágenes están pasadas por el filtro del polvo. Y al no ver hay que sumar el no oír. Todos los sonidos están condicionados por el viento. La solución vital y cinematográfica a estos problemas —la única capaz de barrer el grano y templar el grito— era la gran desaparecida: el agua. El agua arrullaba el oído y limpiaba los párpados.  En su ausencia, pozos y campos agostados. Páramo cuarteado del espanto por el que cruzan los grupos de la diáspora. Siluetas, cadáveres errantes, dunas en armas. Huesos desordenados como la infancia de un niño, como la infancia de un fósil. El boqueo baldío del pez, la risa petrificada del asno. Bueyes tumefactos a medio devorar por los perros, a medio explotar por los gases. Paisaje y película represaliados.

Agua, viento, polvo es la película clave de la filmografía de Naderi. La de un desplazamiento intuido y poco después ejecutado. La de un desastre natural y emocional correspondido por un desastre cinéfilo. Rehabilitado en diferentes retrospectivas y homenajes, ¿cuántos se acuerdan de una figura clave del cine iraní de los años setenta y ochenta? Deberíamos ver o volver a ver sus películas, no solo las “americanas” o las cosmopolitas. Para lograrlo tenemos que imitar a sus personajes y buscarnos la vida. Sobreponernos a la incomprensible ausencia de ediciones comerciales. Buscar en el desierto los indicios del lago. Vagar sin tino, emprenderla a la palazos hasta que las olas rieguen la Quinta de Beethoven. Regresar al lugar donde todo ha sido calcinado con la esperanza de adivinar el comienzo de la estación del frío. Aquella a la que Farrojzad le tenía tanta fe. Aquel lugar, aquella estación donde todo desaparece bajo palabra de renacer: «Tengamos fe en las ruinas de los jardines de la imaginación».