«Voy a tratar ahora de la existencia de lo que llamamos simulacros de las cosas;
los cuales, como películas desprendidas de la corteza exterior de los cuerpos,
vuelan por los aires de acá para allá; ellos son los que nos aterrorizan
apareciendo en nuestras mentes, en la vigilia o también en sueños».
(Lucrecio, ca. 55 a. C.)
«Toda experiencia profunda se formula en términos de fisiología».
(Emil Cioran, 1952)

De ratones e imágenes


«...recobra la Naturaleza
su antiguo y alegre dominio».
"Diotima" (Friedrich Hölderlin)

«...y que nuestros ojos sean 
colmados por la Naturaleza»
"Señor, serenas son..." (Fernando Pessoa)

«¿Pero no ves que todavía ardo?».
"Arde la imagen" (Georges Didi-Huberman)

Los ratones del Bosque Rojo de Chernóbil continuaban reproduciéndose con normalidad. Se sucedían las generaciones –cientos, miles– y no había rastro de mutaciones agresivas. Los apacibles ratones no eran ajenos a la radiación, pero quizá habían alcanzado un pacto biológico con ella: una respuesta adaptativa. En el año 2008, un grupo de científicos realizó un experimento con ratones de laboratorio en la misma zona de exclusión. El objetivo era estudiar las secuelas genéticas derivadas de una exposición a radiación ionizante en dosis bajas. El experimento se dividió en dos: mientras unos ratones vivirían durante cuarenta y cinco días en su jaula expuesta a los rayos gamma emanados de la tierra, otros lo harían en un lugar seguro. Concluido el mes y medio de estancia, todos fueron irradiados a dosis altas y dañinas. En el análisis posterior se comprobó que los genes asociados a la reparación del ADN se mantenían con idéntica latencia en ambos grupos. Sin embargo, los que habían recibido la radiación a dosis bajas mostraban cierta activación genética ligada a una eliminación más eficaz de los radicales libres. La directora del experimento lanzaba una pregunta: ¿hormesis?

Muy lejos de la estepa ucraniana, aquellas fechas conocieron el inicio de un experimento idéntico. El Bosque Rojo era la meseta castellana, las tres semanas fueron siete años, la jaula era un blog, los rayos gamma eran palabras y el ratón era yo. Igual que sucedió con los pobres roedores, a esa exposición constante y de baja intensidad le siguió otra superior. Son estos párrafos la única prueba no-científica que puedo presentar de la hormesis particular. Mi escritura nunca ha respondido al placer, sino al sufrimiento. También a la ingenua esperanza de que, un día, la tortura se convirtiera en caricia. La mejor –instintiva– manera que encontré para lograrlo fue su práctica prudente y continuada. Pude haberla ignorado, pero estoy seguro de que, entonces, me habría acuchillado por la espalda. Porque, recordando a Nietzsche, saber sufrir no es lo más importante. La grandeza radica en, sin ceder a la angustia, seguir escuchando el grito de sufrimiento.

Con perspectiva, puedo asegurar que todo era pura coherencia. La de un naturalista epicúreo en pleno ejercicio de la ataraxia. Hoy resulta imposible explicar y aclarar lo que esto supone. Tal vez sea posible pero no aquí, sino en libros que habrían de leerse y que, por suerte, ya están escritos. Reconsiderar el esfuerzo y la dificultad que implicaba la ascesis cínica y hedonista de Diógenes o Epicuro. Una ética poderosa que ha sido sepultada por los clichés culturales, por las religiones y por la historiografía neoplatónica. Un compromiso individual y generoso con la materia y con la existencia de los otros: con sus relatos. En una de las anotaciones del inacabado cuaderno de las tapas negras (La educación del estoico), Pessoa deslizaba un gran espacio en blanco después de un párrafo que arrancaba de la siguiente manera: “Soy la madurez…”. Metáfora involuntaria y transparente sobre la imposibilidad de consumar un acto al que yo añadiría otro: aprenderemos a escribir cuando Pessoa rellene aquel vacío. Cuando aceptemos que no se pueden guardar flores para el invierno.

Vuelvo que es por no huir. Lo hago en un sitio rotulado en latín. Esto supone una ventaja definitiva: no cabe preocuparse por su muerte. Lo hago acompañado de los hexámetros de un Tito Lucrecio Caro del que poco o nada sabemos. En época de remonte exhibicionista, uno encuentra descanso en el secreto del poeta, del filósofo y del científico romano. En época de prescripción, uno se conforma con estar al corriente de lo que somos y no de lo que deberíamos ser. El primero es un camino complejo, el segundo es tan claro que solo puede resultar distópico. Asumir la falta de sentido de nuestra existencia siempre será mejor que atribuirle un sentido falso.

Dice Philipp Blom que leer De rerum natura es salir al aire libre, “al viento tonificante de la libertad intelectual”. Háganle caso, no le vuelvan la cara al favonio. Aquí me conformaré con muchísimo menos, aunque todos aspiremos, como Hölderlin, a “los campos verdes de la vida / y al cielo del entusiasmo”. Lo único que puedo ofrecer de ahora en adelante es la alegría y la arrogancia de lo real, pero también la ruina inconclusa de lo imaginario. Una fisiología de las imágenes, una poética del reflejo y del detalle, una teoría de la incandescencia y de la ceniza. Mirar las imágenes y los objetos a pleno sol o, como diría el profesor Molinuevo, por el simple hecho de que existan. ¿Qué cosas, qué formas, qué emociones? Aquellas que todavía no han sido secuestradas por la cinefilia o aquellas que, en su defecto, merecen ser rescatadas. El helecho en la pizarra, la zancada de Tirunesh Dibaba, el hueso del albaricoque, el gusto oxidado de la sangre, la erótica del estrabismo, el olor a freesia, la bandera blanca del milano. Imágenes supervivientes del holocausto de las Humanidades.

Este sitio nace con la única desventaja de mayo: mes cruel, verdugo perfumado, policía de los vencejos. En cierto relato de Hemingway un viejo se sentaba en la terraza de un café. Lo hacía bajo un árbol hasta bien entrada la tarde, justo cuando el rocío impedía que el polvo de la calle se levantara. Al viejo le gustaba sentarse allí porque al llegar la noche se hacía el silencio y él, que era sordo, notaba la diferencia. Era aquel un lugar limpio y bien iluminado, como espero que sea este. Un par de zapatos nuevos para tropezar mejor. Un lugar discreto donde respetar el fantasma de Lucrecio o, si acaso, invocarlo de manera amable como en el encabezado de esta entrada. Una imagen piavoliana que debo agradecer a uno de sus autores (Luca Ferri) no solo por registrarla, también por permitirme verla en su momento. No puedo negar que me emocioné cuando, entre todos los objetos encuadrados, apareció esa nuez sobre la mesa del maestro.

«Creo que el verano aún está cerca,
y acecha debajo,
donde está el mismo ratón acurrucado
en el brezo del año pasado».
Un paseo de invierno (Henry David Thoreau)


BIBLIOGRAFÍA
  • EPICURO, Obras completas, Madrid: Cátedra, edición y traducción de José Vara, 2012.
  • BLOM, Philipp, Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea, Barcelona: Anagrama, 2012.
  • DIDI-HUBERMAN, Georges, Falenas. Ensayos sobre la aparición 2, Santander: Shangrila Textos Aparte, 2015.
  • HEMINGWAY, Ernest, “Un lugar limpio y bien iluminado” en AA.VV., Cuentos para un siglo, Barcelona: Círculo de Lectores, 2001, pp. 159-163.
  • HÖLDERLIN, Friedrich, Hölderlin. Poesía completa, Barcelona: Ediciones 29, traducción de Federico Gorbea, 1995.
  • LUCRECIO, De rerum natura, Barcelona: Acantilado, traducción y notas de Eduard Valentí Fiol, 2012.
  • NIETZSCHE, Friedrich, La gaya ciencia, Madrid: Edaf, 2002.
  • ONFRAY, Michel, Contrahistoria de la filosofía I. Las sabidurías de la Antigüedad, Barcelona: Anagrama, 2007.
  • PESSOA, Fernando, La educación del estoico, Barcelona: Acantilado, 2013.
  • RODGERS, Brenda; HOLMES, Kristen, “Radio-adaptive response to environmental exposures at Chernobyl” en Dose Response, vol. 6, 2008, pp. 209-221.

IMAGEN
  • Habitat [Piavoli] (Claudio Casazza, Luca Ferri, 2013). Nomadica, DVD, 2013.






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