«Voy a tratar ahora de la existencia de lo que llamamos simulacros de las cosas;
los cuales, como películas desprendidas de la corteza exterior de los cuerpos,
vuelan por los aires de acá para allá; ellos son los que nos aterrorizan
apareciendo en nuestras mentes, en la vigilia o también en sueños».
(Lucrecio, ca. 55 a. C.)
«Toda experiencia profunda se formula en términos de fisiología».
(Emil Cioran, 1952)

El olfato de las bestias


No necesitará oídos, ni siquiera los dos ojos. Cualquier espectador con un mínimo de visión y un cerebro operativo, sabrá interpretar la emoción que sintió el Golem al oler una flor. Él, tosca arcilla resucitada, recibió la flor y con ello confirmó la hipótesis de la actuación silente alejada del exceso gestual. Paul Wegener aprovecha el inolvidable primer plano que él mismo ha tenido el gusto de regalarse. Una imagen donde el mostrenco agarrotado adquiere la ligereza del perfume. Cuando se ha terminado de oler una flor, todo alrededor se convierte en nostalgia. Empezando por uno mismo, por el que acabo de ser. Y el Golem no fue una excepción. «Para esto me han despertado», parece decirnos. Todo éxtasis acarrea un sentimiento de pérdida inmediato. La rebelión solo podía comenzar así, alzando y deponiendo la flor. Al fin y al cabo el reino vegetal le era cercano y querido, ambos habían sido compañeros de subsuelo. Protege mis raíces, no las aprietes demasiado y te daré un aroma a cambio. La flor es la impronta de nacimiento, el algoritmo definitivo mediante el cual este ente mecanizado se convierte en animal. Y quien dice animal, dice humano. En ese mismo momento, el Golem habría respondido al test de Turing con un verso de Baudelaire: he entendido sin esfuerzo «la lengua de las flores y de las cosas mudas».


Cambiemos de década, de 1920 a 1931. Aquellas cosas mudas han dejado de serlo, pero algunos se resisten al cambio. Está Chaplin y está Frankenstein. El monstruo recibe otra flor, pero no puede procesarla de la misma manera que el Golem. Frankenstein no es arcilla, sino carne remendada, despojos humanos robados, zurcidos y galvanizados bajo el cielo de una morgue. Hay un intervalo entre el Golem y Frankenstein que supera el de sus fuentes literarias. Poco importa que el primero sea una leyenda medieval y el segundo un relato decimonónico. El Golem es un héroe romántico, mientras que Frankenstein es un héroe moderno, fragmentario, materialista, hijo de la ciencia, fruto de una conciencia superior. Podría decirse que la criatura de Shelley también inicia su revolución tras el episodio de la flor, pero a trompicones, sin haberla comprendido. En la modernidad del fragmento se rompe la continuidad romántica, la que existía entre la arcilla y la planta. La belleza y la gracia del momento no se transforman en nostalgia del suelo, sino en juego, en una réplica infinita que no distingue entre la niña y la flor. El problema reside en que la modernidad pretende reiniciar la historia con cada pedazo. Si el Golem era una bestia baudelaireana, Frankenstein es otra nietzscheana: «Mas para ser bestia se requiere inocencia». La inocencia y la ignorancia del descubrimiento perpetuo a cargo de una bestia de ribera.


Después de la melancolía y de la inocencia, ¿qué queda? La depravación posmoderna. Calzarse las botas de motero y patear un ramo de rosas. El sujeto intelectual que empieza a pretender la eternidad, no es más que un sicario del pensamiento. Si la certidumbre de una flor puede cambiar el curso de la historia, no dudará en aniquilarla. El plano de Terminator pasando sobre unas rosas que han dejado de ser las de Pizarnik, no tiene ninguna implicación poética, pero podría tomarse como emblema de la posmodernidad vandálica de finales de los ochenta y comienzos de los noventa.


El último escalón consiste en trascender lo anterior. Convertir la arcilla modelada, la carne reciclada y la estructura sintética en reliquias o, a lo sumo, en adornos. Transhumanar, dijeron los poetas italianos (Dante y Pasolini). Lo que ya no puede decirse con palabras, sino con otra forma superior; tal vez la de los números. El ario definitivo que se llamará, no de manera paradójica sino repleta de intención, David. Ario de nombre judío que ya no es rey, que es sirviente. Glauco, atlético, bello, sensible, a la fuerza cursi y con un pene de 30 centímetros en reposo. Lejos del humus y de la arcilla el transhumano es capaz de apreciar el aroma de las flores sin el menor sentimiento de pérdida. Las huele y le gustan, una experiencia de invernadero. Mientras disfruta podría recitarte los nombres científicos de cada una, todas sus características biológicas, toda su historia cultural y, sin embargo, sería incapaz de comenzar una revolución a partir de ellas.

BIBLIOGRAFÍA
  • BAUDELAIRE, Charles, “Las flores del mal” en Obra poética completa, Madrid: Akal, edición de Enrique López Castellón, 2003.
  • DANTE, Divina comedia, Madrid : Cátedra, 1988.
  • NIETZSCHE, Friedrich, Así habló Zarathustra, Barcelona: RBA, 2002.
  • PASOLINI, Pier Paolo, Transhumanar y organizar, Madrid: Visor, 2002.
  • PIZARNIK, Alejandra, Poesía completa, Barcelona: Lumen, 2001 (reed., 2016), Edición a cargo de Ana Becciu.
IMÁGENES
El Golem (Der Golem, Carl Boese, Paul Wegener, 1920)
Frankenstein (James Whale, 1931)
Terminator 2. El juicio final (Terminator 2. Judgment day, James Cameron, 1991)
David. Weyland Android Commercial  (2012)