«Voy a tratar ahora de la existencia de lo que llamamos simulacros de las cosas;
los cuales, como películas desprendidas de la corteza exterior de los cuerpos,
vuelan por los aires de acá para allá; ellos son los que nos aterrorizan
apareciendo en nuestras mentes, en la vigilia o también en sueños».
(Lucrecio, ca. 55 a. C.)

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Nuevo libro: ¡Esas mujeres! Retratos del Hollywood dorado

 


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De la contraportada:

Mediante un estudio trenzado de los fundamentos de la puesta en escena, de la historia del arte, de la tecnología y de nuestra intimidad biológica, el retrato femenino se traslada del cine a la escritura alcanzando un grado de fascinación humana y analítica ajeno a cualquier idolatría. Un ejercicio donde adquiere importancia la instantánea de la palabra, su capacidad descriptiva, su fidelidad fotográfica. El despliegue de la oración como si fuera una pincelada, sus posibilidades para elaborar un discurso de reconocimiento y de respeto por los afectos. Ante estas imágenes importan la visión y la mirada, pero también la plasticidad del lenguaje, porque solo a través de su práctica conjunta conseguiremos dotarlas de profundidad y volumen. De la única pretensión de la paciencia, de la renuncia al academicismo, de la claridad intelectual y de una emoción sobrevenida, nace una perspectiva cultural y fisiológica donde la forma de un travelling y la geometría de un plano importan tanto como la expresión de un gesto, la amplitud de una sonrisa y la densidad de un hueso. En presencia de un rostro femenino, conscientes de la importancia de esta dimensión literaria del análisis, sabremos lo que puede una mujer.

Frente al sensacionalismo contemporáneo que se complace en promocionar la fealdad y la desdicha, en oposición directa a los que comercian con el odio y el vacío, recorremos el discreto camino de la estética que nos lleva de la intuición a la evidencia. Cultivar la mirada, la escritura y la lectura del retrato cinematográfico nos proporciona un sentido cabal de la convivencia y nos impregna con un tímido amor a la vida. No con voluntarismo crédulo, mas con un temblor cálido y sincero, con un sentimiento compartido donde no es necesario verlo todo al completo. Un espacio de imaginación, de memoria y de rigor donde, siguiendo la raíz etimológica de retrato, hacer revivir, devolver al presente a quien lo merece. Porque todas estas mujeres pretéritas propician el conocimiento, ofrecen esperanza y protección, ejercen de contrapeso al poder y nos rescatan del abandono. Venidas de la lejanía, de un Hollywood donde pensamos que siempre estuvieron cautivas, estas imágenes-madre nos ofrecen, en un acto de generosidad y liberación, múltiples maneras de habitar el mundo.





Narración y materia. Fragmentos: Gabi, Vanellope, Debord, Madeleine

Este libro comenzaba con la profesora Gabi Teichert enfrentándose a un caput mortuum. Su oficio, después de infinitas alquimias metodológicas, se había convertido en la escombrera hacia la que todos volvían la cabeza para escupir. Decadencia y desolación en el edén de la Historia. Clío siempre había sufrido la angustia del método. Unas veces con indolencia, otras con rebeldía, casi siempre con parálisis. Incapaz de cerrar la herida por la que se desangraba un conocimiento empeñado en segregar ciencia y arte, Clío era la musa de la indecisión. A lo largo de estas páginas, mi esfuerzo se ha centrado en sacarla del letargo. Para ello, he encuadernado su libro y he afinado su trompeta. Empeñado en satisfacerla, puse a su disposición nuevos instrumentos. En lugar de vestidos y perfumes, le regalé tiempo, analgésicos y metáforas. Llegados a destino, justo cuando quería presentarla en sociedad como la distinguida dama que es, Clío se había convertido en Vanellope von Schweetz.
Los designios de la evolución son escrutables. Clío era musa; Vanellope, qué duda cabe, es Cenicienta. Pero es una Cenicienta punk. Sabiendo lo banal de codiciar un vergel donde soplar suavemente la trompeta, Vanellope se dedicó a rasgar las cuerdas de su guitarra de caramelo entre las ruinas y el sarro del capitalismo posindustrial. Solo Vanellope podría aparecer entre los intersticios de una película de Derek Jarman vendiendo algodón de azúcar. Vanellope es la patita fea naturalista que debía conducir a las humanidades del siglo XXI hasta la tierra prometida. Pero ella no quiere ejercer de reina y mucho menos de mesías. Abjuró del miriñaque y de la soberanía mientras se ajustaba la faldita tableada y los leotardos asimétricos. Sin más corona que una coleta, sin más cetro que un regaliz, Vanellope proclamó la república del conocimiento, amnistió a los pecadores y legalizó la práctica del insulto cariñoso. Vanellope, pixléxica perdida, convirtió el rancio y caligráfico volumen de la Historia en un código open source. Ante la imposibilidad y la injusticia de prohibir y castigar el error, lo incorporó a los manuales de estética.
Lo mejor de todas estas mutaciones es que Vanellope no terminó convertida en algo sobre lo que añadir el prefijo neo– trans– o pos–. Vanellope es neo en sí misma, en su código abierto y modificado, en sus lógicos saltos espaciotemporales, en su numérico sentimiento. Vanellope no habla del futuro, pero nos conduce hacia él. Lo hace mientras tararea a los Sex Pistols: ♫ No future, no future for you, no future for me


(...)
Cuando Debord dijo que los conocimientos que conformaban el pensamiento del espectáculo estaban sometidos y condicionados desde el mismo momento en que no podían ni querían pensar su propia base material, se equivocaba. También lo hizo cuando extendió ese criterio –sin citarlo, pero en clara referencia al arte conceptual– a la disolución del arte moderno. Para Debord, el sistema espectacular era demasiado taimado para permitirlo.
Revertir esta imposibilidad, pensar y reconsiderar esa base material, tal es mi intención. Pero tampoco quiero dejar de asumir lo sesgado de la cita. Aquella imposibilidad debordiana nunca fue tan pesimista. Sabio y por ende contradictorio, tanto Debord como el resto del proyecto situacionista estaban repletos de placer, de oportunidad y, a su manera, de esperanza. Que la doble autolisis del movimiento y de su cabeza privilegiada no sobredimensione su perfil lúgubre. La Internacional Situacionista, a diferencia de sus tardías y parciales relecturas posmodernas, no postulaba ni la alineación inevitable, ni la imposibilidad crítica. Había que buscar, o en su defecto sembrar, las semillas del albedrío, del deseo y de la emancipación. Sadie Plant, con la “supervivencia entre las ruinas” de Baudrillard en el recuerdo, dijo que el posmodernismo era un buen manual de supervivencia. Efectivamente, precaria y afligida supervivencia que, entre otras renuncias, aceptaba la confusión y la parálisis como metarrelatos de una vida. Sin riesgo, la transformación a la que siempre aspiró la creación de situaciones dejó de existir.
(...)
Mi planteamiento parte de la idea de consiliencia y esto puede llevar al acomodo. Quiero decir, la consiliencia no debe confundirse con consenso y armonía, con un darse la mano y contemplar la puesta de sol. Seguro que en algún momento puedo transmitir esta impresión. La consiliencia que demandan las humanidades es menos amable. Requiere de renuncias, de replanteamientos y de la sincera asunción de los errores. Reconocer que hemos abusado del esoterismo retórico y metodológico. Lo que de ninguna manera requiere es que todos los del gremio nos convirtamos en hombres del Renacimiento, en polímatas del nuevo siglo y en científicos ilustrados. Digo esto porque mi creencia en las humanidades sigue intacta. Escuchad a alguien despreciar las humanidades y tendréis antes vosotros a un terrorista del conocimiento. Quizá solo a un envidioso o a un necio. Su valor y su condición de imprescindibles aumentan cuando los gobiernos de turno, sean del país que sean, amenazan con mutilarlas. Así pues, que uno de los propósitos sea la autocrítica de las humanidades, no implica que mi punto de vista sea el de un renegado o el de un converso resentido.
(...)
La estética en general y la del cine en particular quiso superar el academicismo descriptivo adentrándose en la conspiración. Todos nos hemos entregado alguna vez al delirio, a la paranoia y a una hermenéutica hipocondríaca. Hemos querido ver cosas que nosotros mismos no creeríamos. Vemos códigos brillar en la oscuridad cerca de la puerta de la Iconología. Bipolares, también queremos ver las imágenes como una proyección maléfica del sistema espectacular. Como sedantes que prolongaran nuestro placer modorro. Es una de sus funciones y de sus dimensiones, no se puede negar. Pero la imagen no siempre coincide ni con el discurso de un replicante que parece haber leído a Novalis, ni con el apéndice edulcorado de una matrix ulcerada.
(...)
La última deducción de todo buen hipocondríaco es si se debe medicar la hipocondría. Una vez que el diagnóstico te asegura que no padeces enfermedad alguna, lo aceptas no sin antes pedir algún remedio para ese no padecer. Como decía, el encuentro y la conciliación no deben confundirse con una metodología meliflua y temerosa. Prefiero cometer un error por hipocondría, que por sedación. Descifrar, predecir y hasta inventar códigos forma parte de nuestra naturaleza más preciada. Fue y sigue siendo uno de nuestros mejores mecanismos para la supervivencia. Además, el código implica una actividad fisiológica indisociable de un posterior análisis cultural.
(...)
¿Han sobrevivido la narración y la materia al nuevo siglo? No cabe duda. Lo han hecho –parafraseando el título del filme de Claude Lanzmann– como alguien vivo que pasa. La supervivencia siempre implica resistencia, pero también mutación. Entre ambas, la adaptación. Narración y materia nunca fueron Carlota Valdés y Madeleine Elster. No tuvieron la necesidad de regresar de entre los muertos porque jamás se lanzaron al vacío desde una torre. Cuando Judy Barton apareció vaciada de toda aquella delicadeza, sin una pose de cuadro, sin un bouquet entre las manos, sin un moño en espiral que lubricara nuestra mirada, con el cabello platino venido a cobre, maquillada con vulgaridad y expresándose de manera procaz, el pobre Scottie dudó. Todos hemos sido Scottie en algún momento. Sin embargo, Scottie descubrió que todo era una farsa. Que lo que cayó de la torre era un cadáver, pero también un señuelo. Narración y materia nunca debieron aparecer en las esquelas que nos apresuramos a escribir. Muchos las redactaron por morbo, otros por ignorancia; los más, llevados por la corriente. Algunos tuvieron la decencia y la precaución de colocarlas entre interrogaciones o de cambiarlas por un cartel de se busca. Por fortuna para el ser humano y para el conocimiento científico, la pareja siguió paseando ajena al desprestigio y a los recurrentes intentos de homicidio.

REFERENCIA:
AMABA, Roberto, Narración y materia. Supervivencias de la imagen cinematográfica, Valencia: Shangrila Textos Aparte, 2019, pp. 429-436.
IMÁGENES:
La patriota (Die patriotin) (Alexander Kluge, 1979)
¡Rompe Ralhp! (Wreck it Ralph!) (Rich Moore, 2012)
Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958)

Narración y materia. Supervivencias de la imagen cinematográfica

«En sus edificaciones, en sus imágenes y en sus historias,
la humanidad se prepara a sobrevivir, si es preciso, a la cultura.
Y lo que resulta primordial, lo hace riéndose.
Tal vez esta risa suene a algo bárbaro. Bien está».
Experiencia y pobreza (Walter Benjamin, 1933)


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De la contraportada:
«Determinadas expresiones de la era digital se han convertido en mitos vivientes, en voces situadas por encima del concepto tradicional de verdad. Llegado el momento de cuestionarlas, descubrimos que también son una fábrica de ideales y, por lo tanto, de frustración. El fin de las narraciones y de la materia han sido las muertes más celebradas por la teoría que ofreció sustento al fenómeno: la posmodernidad. Este volumen tiene como objetivo exponer estas carencias para, a continuación, analizar y rehabilitar la base narrativa y material de la sociedad digital. Y lo hará prestando especial atención a las imágenes cinematográficas. No obstante, para comprender la actual sociedad del espectáculo, primero habrá que realizar un doble viaje a los orígenes: al del cine y al de nuestra especie. Un ejercicio de trazabilidad histórica y biológica que, tras recorrer la segunda mitad del siglo veinte haciendo escala en el cine experimental y en el arte conceptual, reingresará en el presente para analizar el cine de los estudios Pixar.

El hilo conductor del evento será la noción de supervivencia estética. Un espacio donde el arte y la estética solicitan la participación de las tesis evolucionistas y, por consiguiente, de aquella rama del conocimiento a la que nunca debieron renunciar: la ciencia. El mundo de unas imágenes presuntamente descorporeizadas quedará entonces unido de manera indisoluble a la fisiología y a la cognición del ser humano. Al confirmar que llegado el siglo veintiuno la narración y la materia de las imágenes han sobrevivido, y que lo han hecho de una manera profundamente encarnada, constataremos que han evolucionado. Desde este punto de vista, estamos ante un gran fresco de la teoría cinematográfica contemporánea que pone de manifiesto el fracaso del discurso social, político y académico que proclamó el reinado de las imágenes desnarrativizadas y desmaterializadas».

    





    



Kino Delirio. En presencia de una imagen


«¡Ahí tienen mis defectos y mis errores,
mi delirio, mi falta de gusto, mi confusión, mis lágrimas,
mi vanidad, mi estar escondido como un búho, mis contradicciones!»
La gaya ciencia, 311 (Friedrich Nietzsche, 1882)

Mi agradecimiento al equipo de Shangrila Textos Aparte, a los lectores que un buen día rondaron por Kino Delirio y, en general, a cualquiera que se dé por aludido. La mayoría de los libros que edita Shangrila -y otras editoriales admirables- son locuras de cuerdo en el panorama actual. No estoy seguro si esta es un poquito más o menos delirante que el resto. No tanto por la logística (más de cuatrocientas páginas con ilustraciones a color), como por el formato primigenio y, por qué no decirlo, el autor. Seleccionar textos de un viejo blog ya desaparecido escrito por alguien que no crea tendencias y que ni siquiera participa en un medio de manera habitual. Reitero las gracias mientras celebro en la intimidad -dónde si no- no haberme convertido en una caricatura 2.0 de mí mismo.

Este libro es una alegría y, en parte, una tristeza. Tiene algo de ese destino que le espera a determinados contenidos producidos en Internet. Primero la irrelevancia; luego, la extinción. Una buena cantidad se perderá y algo, poco, será musealizado. Con toda la carga funeraria que esto conlleva. Me refiero, lógicamente, a los contenidos que en términos situacionistas no han sido ni pueden ser recuperados. En los últimos quince años, he visto desaparecer más del 90% de los blogs y de los foros que visitaba. La tasa de reposición, como la de docentes y sanitarios, ha sido nula. Aquella forma de hacer merecía y merece algo más que un recuerdo. Merece seguir practicándola.

Existe un paralelismo evidente entre ciertos discursos surgidos bajo la coartada de una crisis y una Red devaluada. Habría que analizarlo porque el registro temporal y el retórico lo avalan. Los medios de comunicación y las industrias audiovisuales vieron peligrar su posición y quisieron remediarlo. Qué duda cabe, lo han conseguido. Volver a promover y hasta alardear de la marginalidad es un error. Por supuesto que Internet continúa siendo algo más que una herramienta única y maravillosa donde puedes seguir jugando con gente amable en un rinconcito del salón. El problema es que ese rincón fue, hace nada, la mansión. La variedad, el compañerismo, la disputa sana y el aprendizaje van dejando paso a la vulgaridad, a la histeria, a la represalia y al gregarismo. Hoy has decidido qué comida hacer, tal vez qué ropa vestir, pero ¿has hecho lo propio con los temas y las informaciones que gobiernan tu día?






Fragmentos para una fisiología de la imagen

Agradezco al equipo de Shangrila Textos Aparte que haya acogido en su catálogo esta recopilación de pequeños textos. Cada nota consta de apenas unas líneas, de dos o tres párrafos. En ocasiones, de una sola palabra. Ninguna supera la hoja de extensión. El formato está pensado para una presentación a doble página. Con el texto a la izquierda y las imágenes a la derecha, se advierte mejor el diálogo y la discrepancia. Las imágenes se separan del texto, quieren y necesitan su propio espacio para decir aquello que desean, no lo que yo les obligo a decir. El archivo se puede descargar de manera gratuita en esta dirección: Fragmentos para una fisiología de la imagen