«Voy a tratar ahora de la existencia de lo que llamamos simulacros de las cosas;
los cuales, como películas desprendidas de la corteza exterior de los cuerpos,
vuelan por los aires de acá para allá; ellos son los que nos aterrorizan
apareciendo en nuestras mentes, en la vigilia o también en sueños».
(Lucrecio, ca. 55 a. C.)
«Toda experiencia profunda se formula en términos de fisiología».
(Emil Cioran, 1952)

Primera persona del plural

«Cada uno hace su oficio, unos aran,
otros vendimian, y yo hago el oficio de blasfemar».
"El queso y los gusanos" (Carlo Ginzburg)

Recuerdo cuando hablabas por mi boca. La única manera de escribir era hacerlo en compañía. Tú, yo y alguno más éramos nosotros. Nunca supe con seguridad cuántos. Los suficientes para convertir cada texto en un manifiesto. Cómo olvidar aquellas tardes en las que enunciábamos hasta linchar una imagen. Siempre encontrábamos razones para prenderle fuego al molino. Alumbrábamos con la antorcha buscando una imagen. Indeterminada, mística, ideal. Una imagen excelente, una imagen que fuera todas las imágenes. Enfrentarnos a la imagen, a su materia, al residuo de su realidad determinada, nos producía pánico. Por eso corríamos a quemar el molino con Frankenstein en su interior. Dejarle salir arruinaría la diversión. En el molino platónico de las imágenes también debía regir el nosotros. Hasta en eso éramos torpes y crueles. Diógenes ya se había burlado de nosotros veinticinco siglos atrás. Nietzsche, cambiando Atenas por la ciudad de la vaca de muchos colores, apenas dos.

El nosotros estaba justificado. Yo tenía fe en su existencia, hasta el punto de disimular la fe con argumentos empíricos. Nosotros éramos tú, yo y alguno más, pero también los libros que habíamos leídos, las películas que habíamos visto, las conversaciones que habíamos tenido, las clases a las que habíamos asistido. Escribíamos con palabras prestadas que nunca eran devueltas. Palabras entre comillas arrebatadas a un extraño que, desde ese instante, se integraba en la doxografía del grupo. Aprendíamos del neoliberalismo que apeló a la responsabilidad pública llegado el momento de rendir cuentas. Que aquellos mangantes hubieran abjurado de su arrogante individualismo, era el triunfo definitivo de la primera persona del plural. La mejor manera de pagar nuestras deudas intelectuales era hacer lo mismo que ellos: socializarlas.

Entre muchos era más difícil equivocarse. Y si lo hacíamos, la culpa se repartía. De espaldas a los sesgos cognitivos y a la vieja psicología social, pensábamos que si uno descubría el error, avisaría al resto. Porque aquello era un trabajo horizontal y colaborativo donde nos leíamos los unos a los otros. Formábamos la comuna del texto, la hermenéutica del pueblo. Una democracia para lo bueno y para lo malo, sin pelusas ni jerarquías. Sin embargo, el nosotros resultó ser una utopía y, por lo tanto, un fracaso. El nosotros solo era el disfraz del yo cobarde e inseguro. El yo cuya obsesión era esconder lo mucho que no sabía. El yo con miedo al rechazo. El deseo de estar solo y el miedo a conseguirlo. El yo que ante la pesadilla de una multitud grotesca que le señala con el dedo, se une a ella. Todas las décadas han tenido su nosotros. Tras mayo del 68 el yo se convirtió en otro insulto cualquiera. Daney, el peregrino, se agobiaba entre tanta gente.
— Durante ese periodo de los setenta, el nosotros predomina en tu discurso y en tus escritos, un nosotros ligeramente sacrificial. Digamos que no era tu estilo…  
— Era un horror, un superyó, una gratificación nula, todo eso junto.
Ahora giro la cabeza a un lugar más cercano, miro hacia la cama y veo un peluche. Es otro peregrino, un halcón. Le pregunto si, en pleno 2016, él es también nosotros. Arisco como su dueño, masculla de pico para adentro. Sé que tengo que acariciarle el obispillo para que hable. Algo cansado emite su reclamo y me confirma que él no es nosotros, y que ni siquiera es un halcón, sino el halcón de Roberto. Algo parecido a este diálogo con mi halcón de peluche parlanchín, me sucedió con un cineasta. Intercambiábamos correos electrónicos donde sus palabras y sus imágenes discutían mi texto. Nunca al revés. En plena conversación, le embestí con un plano. Poseído por el espíritu de Diógenes, pensaba que este plano era la imagen alumbrada.


Continué con una sentencia no por habitual menos pomposa: su cine era esta imagen. Y no solo eso, también que su cine estaba en ese libro. Nada más y nada menos que El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg. Libro maravilloso, lectura de iniciática de tantos universitarios. La historia de aquel molinero del siglo XVI, herético y cabezota que construye su propia visión del mundo partiendo de lo único que conoce. La blasfema primera del singular haciendo frente al nosotros inquisitorial. ¿Qué es el cine y qué es el mundo?, ¿una industria mastodóntica llena de grandes relatos y de dioses, o la historia fragmentaria y minúscula de unos trabajadores descastados? ¿Libaciones de ambrosía o de vino y miel? El queso, además, enlazaba la cosmogonía de Menocchio con la ataraxia epicúrea. Sobre el sucio terrazo de una casucha del Rosellón, los jornaleros de la vendimia utilizaban el libro para cortar una raya de cocaína. Una raya blanca que el grano fotoquímico del subestándar, convenientemente molido, convertía en gusano. Libro, droga y anélido eran la nueva trinidad pagana, la desacralización rampante de la imagen. En la uña encarnada del temporero brillaba la misma roña inmaculada de los santos y las vírgenes de Caravaggio. El tropo había dejado el juicio listo para sentencia. Si el cineasta me confirmaba que aquello estaba puesto en escena, escribiría un lúcido artículo sobre esta pequeña historia de la filosofía cinematográfica.

A mi pregunta sobre la epifanía del símbolo, su respuesta fue concluyente: era la primera vez que reparaba en ese libro. Por curiosidad y tras preguntar a su compañera, supo que aquel libro –solo el libro, no la raya– era de ella y que el atrezo de la escena fue pura casualidad. Me río y le confieso lo que el resto del mundo sabe: que los hermeneutas somos unos charlatanes que vendemos símbolos en lugar de crecepelo. Me consuela diciendo que la película solo es el punto de partida, un impulso para la literatura. Le respondo que el problema es cuando todo se convierte en literatura. Una literatura donde, bajo el paraguas del nosotros, emitir juicios sumarios. Donde el error deja de ponerme en evidencia, donde la mentira a sabiendas y la ignorancia quedan impunes y hasta se recompensan. Una literatura del nosotros que exime de la responsabilidad individual para, como Diógenes, buscar el sentido de la imagen.

BIBLIOGRAFÍA
  • DANEY, Serge, Perseverancia, Santander: Shangrila Textos Apartes, Santander, 2016.
  • GINZBURG, Carlo, El queso y los gusanos, Barcelona: Muchnik Editores, 1997.

IMAGEN
La dernière année (Peter Hoffmann, 2011)